Cerrar

Publicidad

Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

Gossaín cuenta la historia de Turbaco más allá del burro para Obama

El periodista relata por qué el personaje menos importante que ha pasado por el municipio es 'Demo'.

Hay colombianos que creen que Turbaco se volvió famoso hace menos de un mes, durante la Cumbre de las Américas, cuando ese pueblo del departamento de Bolívar apareció en la prensa del mundo entero, por el episodio de un vecino que pretendió regalarle un burro al presidente Barack Obama.

Lo cierto es que esa población, situada apenas a doce kilómetros de Cartagena, y que hoy tiene poco más de 60.000 habitantes, es célebre desde los primeros tiempos de la colonia española, y desde los días en que el sabio Alexander von Humboldt merodeaba por los alrededores buscando hojitas curiosas, y desde las noches en que Simón Bolívar dormía en la plaza con sus resuellos de tuberculoso, y desde cuando vivió allí aquel general desterrado que había sido presidente de México y se dedicaba a sembrar unas maticas de yuca en el patio. 

Y eso que, para ganar tiempo, no menciono a otro vecino ilustre, Antonio Caballero y Góngora, que era al mismo tiempo arzobispo y virrey. ¿Cuál fue el misterioso imán que atrajo hacia Turbaco a unos personajes tan distintos como el científico más grande de su época, el padre de los pueblos americanos y un lejano dictador al que le faltaba una pierna? 

El aire fresco, sin duda. Hasta en eso Turbaco es una localidad atípica del Caribe: en vez del calor sofocante, su temperatura promedio llega apenas a 24 grados. Fue construido a 220 metros sobre el nivel del mar, rodeado por un hermoso collar de colinas. Hay veces, como en las brillantes noches veraniegas de diciembre, en que la gente de Turbaco tiene que abrigarse para salir a la calle.  La fascinante historia de Turbaco comienza con lo que le pasó a Juan de la Cosa, un marinero tan temerario que en su juventud había sido espía de los reyes españoles en la corte de Portugal. Y, sin embargo, llegó a convertirse en el cartógrafo que acompañó a Colón en su segundo viaje a América.

Un día de 1509 apareció por estas tierras, con la expedición de Alonso de Ojeda, y asoló lo que encontraba a su paso. Cuando llegó al caserío, cuyo jefe era el cacique Yurbaco, que le dio nombre al pueblo, encontró una resistencia tan corajuda de los indios caribes que ordenó encerrarlos en sus ranchos, les trancó las puertas, les prendió fuego y achicharró a centenares de hombres, mujeres y niños.

Los sobrevivientes siguieron peleando. Al tercer día de combate, una verdadera lluvia de flechas les cayó encima a los invasores. Juan de la Cosa murió en su ley. Y, según algunos testimonios de la época, los indios hicieron con su cadáver un asado en la loma de El Pedregal y luego se lo comieron. 

Muchos historiadores lo niegan, pero Eduardo Lemaitre afirma que los caribes eran caníbales, pero solo con los enemigos más valientes: los devoraban en una ceremonia religiosa porque tenían la creencia de que así heredaban su bravura. Lo cierto es que el cuerpo de don Juan no apareció jamás. Lo único que hoy queda de toda esa epopeya es una discoteca de Buenos Aires que lleva su nombre.

Los dos generales

Pasaron más de trescientos años. Enfermo, decepcionado, perseguido por la ingratitud humana y las infamias de la política, Simón Bolívar se larga de Bogotá. Pensaba marcharse a Europa pero el destino le tenía reservados otros planes.

A mediados de 1830 llegó a Cartagena, donde permaneció tres meses, hasta que alguien le recomendó el clima benigno de Turbaco para sus pulmones destrozados. Se mudó con su caballo y un séquito de edecanes. Un primo lejano suyo, Pedro de Visbal Bolívar, le hizo la caridad de recogerlo y se lo llevó para Soledad, en las afueras de Barranquilla.

Desde allí tomó el camino de Santa Marta, rumbo a la muerte y a la inmortalidad. Un español aristócrata, Joaquín de Mier, de los que él tanto había combatido, lo alojó generosamente en su hacienda de San Pedro Alejandrino. La vida suele tener esas ironías. El Libertador falleció en diciembre.

Y entonces, dieciocho años más tarde, aparece en Turbaco el más estrambótico de todos los personajes que han desfilado por sus calles, un mexicano con una pata de palo. También era general. Hasta el nombre parecía una de sus extravagancias: se llamaba, por gracia completa, Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, pero la historia, que a veces tiene la buena idea de volverse lacónica, lo reconoce simplemente como el general Santa Anna.  

Ahí vienen los gringos

Llegaría a ser once veces presidente de México, no completó ninguno de sus períodos, se acostaba como mandatario liberal y amanecía como gobernante conservador, estableció el impuesto a los perros y a las ventanas, se declaró dictador vitalicio y se hacía llamar 'Su Santidad', porque le gustó el título que le daban al Papa.

Texas era por esa época una provincia de México. La joya de la corona. Unos tejanos revoltosos querían la independencia para sumarse a los Estados Unidos. Quién dijo miedo. Santa Anna marchó contra ellos al frente de su ejército. En 1836 las tropas gringas lo derrotaron en la batalla de San Jacinto. Perdió a Texas.

Poco después, enfrentado a los franceses en la pintoresca guerra de los Pasteles, fue herido en combate. Perdió una pierna. Sin dejarse amedrentar, recogió la pierna tumefacta y en Ciudad de México le hizo un funeral de Estado, con ataúd y todo, y con la presencia del cuerpo diplomático.

En 1845 trató de recuperar Texas, pero le fue peor: entonces perdió los territorios mexicanos de California, Arizona, Nuevo México, Nevada y Colorado. Otra vez lo desterraron, antes de que acabara con el país entero. Lo embarcaron para Jamaica, pero se pasó de largo y llegó a Turbaco, en busca del famoso vientecito fresco. Allí vivió hasta su retorno final a la patria lejana y tan desmembrada como él, donde murió en 1876. 

Epílogo con casa y burro

En sus primeros días, Santa Anna se instaló en la misma casa que había ocupado Bolívar. Colgaba su hamaca en las argollas históricas que había hecho poner el Libertador. Pero después hizo construir por su cuenta un caserón inmenso, que todavía se conserva, con dos pisos y un altillo, columnas de cemento y seis balcones.  A raíz del techo que le puso, los turbaqueros de su época, fieles al sentido del humor que los distingue, decían que el general vivía en una "casa de Tejas". No contentos con eso, en vista de que le faltaba la famosa pierna, lo apodaban 'Quince Uñas'. 

De manera, pues, que en su larga y animada historia, el personaje menos importante que ha pasado por Turbaco, aunque sea el más reciente, es el burro de Obama. Me refiero al burro que le regalaron, aclaro.

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO
Cartagena de Indias

Publicación
eltiempo.com
Sección
Colombia
Fecha de publicación
4 de mayo de 2012
Autor
JUAN GOSSAÍN

Publicidad

Paute aqu�

Publicidad