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Papás, casi siempre son los malos de la novela

Relación de escritores con la figura paterna tiene una primera piedra en 'Carta al padre', de Kafka.

"Si cuando estaba vivo no hice otra cosa que buscarlo, intentar encontrar al padre que no estaba, ahora que está muerto siento que debo seguir con esa búsqueda".

Esta frase aparece en las páginas de La invención de la soledad, el libro que Paul Auster empezó a escribir poco después de enterarse de la muerte de su padre y que -en palabras del autor- fue "el comienzo de todo". Retratos desordenados, objetos revueltos en cajones, recuerdos de viejos diálogos. Miradas, silencios. Memorias. Muchas memorias. Auster va por las páginas del libro tratando de indagar sobre la vida de su padre y, en medio de esa búsqueda, halla también a sus abuelos, y a él mismo en su tarea de papá. (Lea también: Darío Jaramillo Agudelo comenta la obra del poeta venezolano Rafael Cadenas, invitado a la Feria)

"Querido padre:

Me preguntaste una vez por qué afirmaba yo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe qué contestar, en parte justamente por el miedo que te tengo, y en parte porque en los fundamentos de ese miedo entran demasiados detalles como para que pueda mantenerlos reunidos en el curso de una conversación".

Así comienza Carta al padre, de Franz Kafka. El autor checo la escribió para que su papá la leyera, pero nunca llegó a sus manos.
Kafka se la envió por medio de su madre, pero a ella le pareció muy dura y la devolvió. Decidió, entonces, quemarla. Su albacea la preservó y, después de muerto el escritor, la publicó. Al final del manuscrito, Kafka decía: "Si no estoy muy equivocado, aún sigues explotándome en calidad de parásito, incluso con esta carta".

El estadounidense James Agee, conocido como poeta (y autor del libro de no ficción Elogiemos ahora a hombres famosos), escribió una sola novela, Una muerte en la familia, en la que se lee:

"Miró el sillón de su padre.

Con una sensación de recogimiento y secreto fue acercándose y se detuvo junto a él. Un instante después, aguzando mucho el oído para cerciorarse de que nadie andaba por ahí, olió el sillón, el asiento profundamente hundido. Sólo había un frío olor a tabaco".

Y así podría seguirse.

Con más y más ejemplos.

Son muchos autores (incluso, no sería arriesgado decir que todos, de alguna u otra manera) los que han acudido a sus palabras para hablar de sus padres. Diferentes motivos, libros diversos. Pero el mismo personaje principal.

Le dice la reina a Hamlet:

"No estéis continuamente con los párpados abatidos, buscando en el polvo a tu noble padre. Sabes que esta es la suerte común; todo cuanto vive debe morir, cruzando por la vida hasta la eternidad".

El autor venezolano Alberto Barrera trata el tema en su novela La enfermedad. En ella aparece un papá que está en el final de sus días, un ser que se convierte en alguien vulnerable, y se describe la manera como, ante estas circunstancias, su hijo debe crear una nueva forma de relacionarse con él.

"El padre en la literatura es prácticamente un género, ligado a la figura de autoridad y a la experiencia del miedo frente al mundo", opina Barrera, y define a Kakfa, con su Carta, como el autor que puso la primera piedra de este tema dentro de la narrativa. Claro que podría también citarse al mismo Shakespeare o incluso a
Sófocles con Edipo rey.

***

Qué hay detrás de esa búsqueda del padre, de ese deseo de reescribirlo. Es como si se pretendiera, por medio de la literatura, encontrar la oportunidad de darle forma a esa relación que no se tuvo con él.

El británico Hanif Kureishi escribió Mi oído en su corazón cuando murió su papá. Shanoo Kureishi siempre quiso ser escritor y, de hecho, entre las cosas que halló su hijo tras su muerte estaba el original de una novela guardado en una carpeta verde. Ese texto, a diferencia de los de su hijo, nunca tuvo editores ni lectores. ¿Hanif debía abrirlo, publicarlo? ¿Debía tocar o no ese manuscrito? Al final, Kureishi decidió abrirlo, leerlo, y construir con él, y con sus propias ideas sobre su papá, ese libro que se mueve entre ensayo y biografía y que, para él, era "una deuda por pagar".

"¿Y yo? -se preguntó Kureishi, de todas formas-. ¿Qué he hecho al abrir a mi padre en canal de este modo, al examinarlo, diagnosticarlo, operarlo de forma que este trabajo resulta un cruce entre hacer el amor y una autopsia?".

Desde las explicaciones psicológicas, se diría que este deseo de continuar preguntándose por el padre viene de querer resolver alguna situación que quedó pendiente, de intentar decantar su legado, de reconocer que su vida tuvo tanto de bueno como de malo.

El padre, según las teorías freudianas, es quien se encarga de separar al hijo de la madre y lanzarlo al mundo, de mostrarle que existe el otro y que hay posibilidad de ir más allá, de salir y explorar. Es la figura que representa la norma, la autoridad familiar y social. Pero también puede convertirse en un personaje de competencia y de rivalidad.

"En una Nochebuena tuve la oportunidad de contarle que quería ser escritor. Lo mismo hubiera podido decirle que quería ser cirujano plástico", escribió Raymond Carver en su ensayo La vida de mi padre, uno de los textos más bellos sobre el tema. "Luego murió -sigue Carver-. No tuve la ocasión de decirle adiós, o que pensaba que lo estaba haciendo muy bien en su nuevo empleo. Que me sentía orgulloso de él por haber sido capaz de volver a empezar".

Las cuentas pendientes, las palabras no dichas, los abrazos no dados aparecen en estas obras, dentro de las cuales hay que citar Experiencia, de Martin Amis; Hasta que te encuentre, de John Irving; Padre e hijo, de Edmund Gosse, y, en la literatura colombiana, El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince.

Pero quizá uno de los más emotivos -que mueve las entrañas hasta el dolor- es el escrito por Philip Roth: Patrimonio. Roth comenzó a escribirlo cuando a su papá le diagnosticaron un tumor cerebral y siguió haciéndolo durante su agonía y hasta su muerte.
La decadencia del cuerpo. El terror de la partida. La ausencia.
Todo está ahí, sumado al amor de ese hijo que lo acompaña. "Mi padre era un ser difícil -escribe Roth-. (...) Aún de rodillas a su lado, con su mano en la mía, comprendí lo mucho que íbamos a tener que ayudarle, pero no comprendí, en cambio, cómo conseguiríamos llegar a él".

Llegar al padre, comprenderlo: la ruta que todos hacemos, pero que estos escritores describen en su dificultad. A veces en su imposibilidad.

El argentino Pablo Ramos trata el tema en La ley de la ferocidad, que describe los dos días siguientes a la muerte del papá del protagonista, Gabriel. Como en todos los libros de esta naturaleza, surgen las preguntas: "¿Qué justicia buscabas?, ¿qué dolor querías calmar?, ¿qué miedos esquivaste durante toda tu vida?".

Escribe Ramos: "Una vez, al borde de la borrachera de los dos, me anunció como un oráculo: 'Alguna vez vas a escribir la historia de tu familia'. Me enfermaba que él me dijera lo que yo iba o no iba a hacer. Aunque sonara bien". (Siga este enlace para leer: Entre dos 'quijotes' de la lectura)

El encuentro -o la lucha- de dos personalidades, dos temperamentos, incluso dos épocas está en estos libros.
Reproches y reclamos, como en el texto de Kafka; caminos para entender a ese ser humano evasivo, como en el de Roth; la rabia, las peleas, los vicios. La autoridad a veces apabullante y a veces ausente. (Lea acá: La guerra de las falacias: el ataque de los E-Books)

"En lugar de enterrar a mi padre, estas palabras lo han mantenido vivo, tal vez mucho más que antes", concluye Paul Auster. Pero habría que citar el epígrafe de Heráclito que el propio Auster usa:
"Si buscas la verdad, prepárate para lo inesperado, pues es difícil de encontrar y sorprendente cuando la encuentras".

MARÍA PAULINA ORTIZ
Redacción EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Cultura y entretenimiento
Fecha de publicación
26 de abril de 2012
Autor
MARÍA PAULINA ORTIZ

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