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Historias de varias mujeres quemadas, una tragedia que da la cara

Estas mujeres deben rehacer sus vidas convertidas en pedazos, con muchos obstáculos en su contra.

Mientras tanto los criminales que las queman con ácido andan sueltos y sus penas, de atraparlos, serían como la de quien lesiona a otro en una riña. (Lea aquí: La peluquera que hoy tiene que pedir limosna. La historia de Consuelo Cañate)

María Cuervo Sánchez -la mujer que usted ve en la foto- es parte de una cifra.

Pero es una vida.

Una cifra que dice que, en promedio, una mujer es quemada con ácido cada semana en el país.

En el 2010 fueron 55.

En el 2011 fueron 42, según datos del Instituto de Medicina Legal. (Lea aquí:Todos los días se pregunta por qué. La historia de Angie Guevara)

Pero es una vida que hoy sonríe. A pesar de tener sobre sí cincuenta y tantas cirugías (ya dejó de contarlas) que han buscado reconstruir su rostro. Su pómulo izquierdo está hecho de piel de su brazo derecho. Su oído izquierdo no le sirve. Perdió parte de su cuero cabelludo. Por su ojo izquierdo apenas ve sombras.
Y sonríe.

Pasó el 8 de marzo de 2004, el Día de la Mujer, a eso de las 7 de la mañana. Un hombre se le acercó cuando ella iba por la calle rumbo al trabajo (llevaba ocho años como vendedora en una empresa de cosméticos) y le dijo al oído:

-Esto es para que no se crea tan bonita.

Después vino el ácido sulfúrico mezclado -en su caso- con soda cáustica y ácido nítrico. "Una bomba", dice ella hoy, mientras se acomoda el pelo para salir en la foto. Todavía tiene grabado el tono de esa voz que le habló.

*

Era un delito casi silencioso en el país. Se conocían historias de otras naciones. Se suponía un método atroz de culturas lejanas, tal vez de Pakistán, de Bangladesh, quizás de Uganda. Hasta que la víctima resultó ser una persona con reconocimiento público: en julio del 2010, la candidata que aspiraba a representar a Norte de Santander en el Reinado Nacional de la Belleza, María Fernanda Núñez, fue rociada con ácido cuando llegaba a su casa.

Los titulares aparecieron. Las recompensas. Y a partir de ese momento empezaron a saberse más y más historias, como la de María, la de Gina Potes, la de Consuelo Cañate, la de Angie Guevara, cuyas historias usted podrá leer a continuación, y otras tantas que prefieren seguir en el anonimato. Muchos casos quedan en el subregistro por miedo, vergüenza, falta de información. (Lea aquí: Erika y Natalia, dos casos de ataque con ácido que han tenido castigo)

No.

Esa fue la respuesta que recibimos de la mayoría. No van a hablar.

El sospechoso anda suelto y es mejor que no sepa ni dónde están ni cómo. No van a hablar porque todavía no se sienten preparadas para recordar, así no se les haya ido de su mente el momento en que recibieron el ataque y sigan preguntándose por qué.

La realidad judicial las ha llevado a acostumbrarse a la impunidad (solo se conocen dos condenas por esta agresión, y ambas recientes) y a cansarse de llevar papeles de aquí para allá y terminar cuestionadas porque "algo debieron hacer", porque "esto parece ser un delito pasional". (Lea aquí: Volver a tener un rostro y una vida después de ser quemada. La historia de Gina Potes)

Si bien hace tránsito en el Congreso un proyecto de ley para aumentar las penas, hasta hoy en el país esta agresión es tipificada como lesión personal. Lo mismo que cuando a alguien le dan unos golpes. Solo que a ellas se les detiene la vida: después del ataque, comienzan a enfrentarse a salas de cirugía, a posibles fracasos en los tratamientos, a tutelas para que las operen. La mayoría deben cambiar de trabajo, ven romperse sus hogares, entran en depresiones profundas y algunas intentan suicidarse. Una de las víctimas que guardan silencio convive con el dolor de que su hija adolescente se suicidó porque no soportaba ver a su mamá desfigurada.

Pero siguen.

Y sueñan.

En sus sueños, María aparece como era antes: libre de marcas y cicatrices. Duró nueve meses acostada en un hospital. Un día, mientras almorzaba, escribió en una servilleta: "Dios, dame fuerzas para verme". Los espejos del baño estaban cubiertos con mantas, pero había una pequeña esquina libre. Se asomó. Se desmayó. Las primeras operaciones que le hicieron no buscaban la reconstrucción, sino salvarle la vida. Ocho años después siente que, por fin, ha comenzado de nuevo.

Mirarlas, oír sus historias, es darse cuenta de que, por encima de todo, ellas quieren seguir. Vivir. Es constatar cómo buscan levantarse y caminar más allá de su tragedia.

María Paulina Ortiz
Con el aporte de Sergio Camacho Lannini

Publicación
eltiempo.com
Sección
Justicia
Fecha de publicación
11 de abril de 2012
Autor
MARÍA PAULINA ORTIZ

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