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Editorial: Sin camiones ni planchones

La vulnerabilidad del Chocó no se limita a la que afecta a sus pobladores y a sus comunidades.

    Hoy se cumple una semana del 'paro armado' impuesto por la guerrilla al departamento del Chocó. Por segunda vez en lo corrido de este año, miles de habitantes de una de las regiones más pobres del país sufren la parálisis del transporte y el comercio y las consecuencias del bloqueo.

    'Los Urabeños' primero y ahora el frente 57 de las Farc distribuyeron panfletos y, casi sin disparar un tiro, han obligado a todo un pueblo a soportar el duro aislamiento.

    Este 'sitio' contra los chocoanos no es más que una burda acción terrorista. Si bien no se informa de fuertes combates con los subversivos, y las Fuerzas Armadas han asegurado las vías hacia Antioquia y Risaralda, el pánico de los transportadores, los comerciantes y las comunidades los ahuyentó de las carreteras y los ríos.

    Por más que el Ministerio de Defensa haya ordenado escoltar a los vehículos, el temor de ser víctimas de ataques es lastimosamente mayor que las ofertas gubernamentales de protección. Sin movilización de carga y de pasajeros, la situación social en los ocho días de 'paro' se ha venido deteriorando.

    Los municipios de la ribera del río Atrato ya están denunciando desabastecimientos de productos básicos y el encarecimiento de los precios de los artículos de la canasta familiar. No sobra recordar que son los niños y las personas de escasos recursos -una inmensa mayoría en esta región afrocolombiana- las víctimas más expuestas de la infame muestra de terrorismo.

    La vulnerabilidad del Chocó no se limita a la que afecta a sus pobladores y a sus comunidades indígenas. Con costas en los dos océanos, el departamento constituye un corredor estratégico para el tráfico de drogas y armas. Su ubicación geográfica no es el único factor que lo convierte en campo de batalla de bandas criminales y frentes guerrilleros.

    Áreas madereras y forestales y yacimientos mineros conforman un gran banco de riquezas naturales, apetecidas tanto por empresarios lícitos como por grupos insurgentes.

    No obstante, la lucha por la explotación y el control de esos recursos ha desembocado, lamentablemente, en desplazamientos forzados, auge de la corrupción, perpetuación del legado colonial esclavista y la pobre infraestructura física y humana del departamento.

    Aunque las causas de la pobreza chocoana van más allá del conflicto interno, la región necesita hoy cortar el inhumano bloqueo de las Farc. Tras dos 'paros armados' en menos de tres meses, es evidente que las acciones de las Fuerzas Armadas y los mensajes de las autoridades civiles no han sido suficientes para convencer a los pobladores del poder gubernamental.

    El pulso en el Chocó entre el Gobierno y las organizaciones al margen de la ley debe conducir a la realización de operaciones de fuerza y a delicados trabajos de confianza institucional y de cercanía con los civiles. Es menester impedir que, a causa del impacto del terror colectivo, estos bloqueos se conviertan en estrategia preferida de las bandas criminales y la subversión.

    Sin embargo, el aislamiento vial y fluvial no es el único que el Estado central debe romper. Décadas de abandono y la frágil conexión de la economía regional con el resto de Colombia necesitan corregirse. La llegada a la gobernación y a la alcaldía de Quibdó, la capital, de liderazgos renovadores podría constituirse en la oportunidad para mejorar la gerencia pública y hacer las inversiones en saneamiento básico, salud y educación que los chocoanos vienen demandando. El primer paso es que los camiones transiten y los planchones naveguen.

editorial@eltiempo.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
8 de marzo de 2012
Autor

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