Los 85 de Gabo

Los 85 de Gabo

Empezó a ser doloroso saber que Gabo ya no escribiría.

Los 85 de Gabo
8 de marzo de 2012, 12:36 am

    Uno de los episodios más inquietantes de Cien años de soledad (1967), ese magnífico lugar común en la obra de Gabriel García Márquez, narra la peste del insomnio. "En ese estado de alucinada lucidez -dice el narrador- no solo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que unos veían las imágenes soñadas por los otros".

    Jorge Luis Borges -se asegura que leyó la novela y se le atribuye un comentario desdeñoso sobre su extensión- debió de haberse sentido maravillado por el juego de espejos de sueños que son soñados. Pero pronto llegarán a Macondo las "evasiones de la memoria", que Aureliano advierte cuando tiene "dificultades para recordar todas las cosas del laboratorio" y decide marcarlas para recordar sus nombres.

    "Poco a poco, estudiando las infinitas posibilidades del olvido (Aureliano), se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad." Y es así como este hombre, tocado por la locura y la curiosidad, piensa que hay que asignarles funciones a las cosas, pues Macondo sigue viviendo "en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita".

    José Arcadio Buendía construye "la máquina de la memoria que una vez había deseado para acordarse de los inventos de los gitanos". Había que preservar del olvido los conocimientos adquiridos en una vida. El "diccionario giratorio" que inventa consigna las "nociones más necesarias para vivir." En aquellas 14 mil fichas milagrosas había encontrado un remedio de urgencia a la realidad de un "pueblo que se hundía sin remedio en el tremedal del olvido".

    Hasta allí, en unas pocas páginas, García Márquez instala en el primer plano de Macondo el tema de memoria y olvido. Con la soledad y el poder serán los grandes temas de su fresco literario.

    No deja de perturbar, sin embargo, la lectura de un episodio que, cuarenta y cinco años después, parece el fragmento olvidado de su biografía.

    Sabemos que la cura definitiva a la peste vendrá de manos de Melquíades, el "hombre decrépito" que regresa a morir en Macondo, adonde llegó un día, por los tiempos de la fundación, con los disparates de sus inventos y el germen envenenado de la curiosidad que contagia "la desaforada imaginación de José Arcadio Buendía".

    El primero en probar la pócima del gitano, "la sustancia de color apacible", es el mismo José Arcadio. La luz se le hace de inmediato en su memoria y Macondo vuelve a la vigilia y a la lucidez, a "la reconquista de los recuerdos" y al "deslumbrante resplandor de alegría".

    Este es uno de los más inquietantes fragmentos de la épica macondiana. Lo es no solo por el significado que García Márquez le concede a la memoria individual y colectiva, sino porque, de manera premonitoria, se anticipa a uno de los episodios de su propia vida, quizá al último episodio trágico que pueda vivir un escritor: el olvido del mundo y de sí mismo.

    La última novela de García Márquez fue Memoria de mis putas tristes (2004). Dos años antes había publicado Vivir para contarla. En el 2007, numerosos escritores de lengua española, todos y sin duda los mejores, ofrecieron en Cartagena de Indias el más grande homenaje que se pueda ofrecer a un escritor vivo.

    Entonces empezó a ser más doloroso saber que Gabo ya no escribiría. El martes, el día de su cumpleaños, el mundo recordó con gratitud al inmenso escritor, aún vivo, que edificó uno de los más altos monumentos de la memoria cultural y humana de América Latina.

collazos_oscar@yahoo.es