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Lo que no se vio de la marcha contra las Farc y el secuestro

Los detalles que pasaron inadvertidos en medio de la concentración del seis de dIciembre.

Todos los que caminaron la ciudad para pedirle a las Farc que liberaran a los secuestrados que tienen en su poder sabían que la lluvia iba a llegar, lo que no sabían era cuándo. Por eso la consigna era marchar y llegar a la Plaza de Bolívar lo menos mojado posible.

Pero esta no era la marcha del 4 de febrero de 2008. En esa ocasión, ‘Un millón de voces contra las Farc’ tuvo a favor el clima, para empezar. Ayudó también que por esa época el país no convocaba una marcha cada vez que se quería protestar contra algo.

No es que el asesinato de cuatro uniformados y que varios más lleven más de una década pudriéndose en la selva sea poca cosa, pero lo que hace más de tres años fue novedad hoy es moneda corriente: marcha contra los crímenes de estado, contra Samuel Moreno, contra el senador Corzo; la marcha del profesor Moncayo, la de los estudiantes.

Precisamente sobre las huellas aún frescas de la movilización de los universitarios en contra de la reforma a la educación se escenificó esta nueva caminata, menos concurrida e intensa que aquella del pasado 10 de noviembre.

Estaba pactada para las 10 de la mañana, pero a esa hora la carrera séptima fluía normal, con algo de gente aglomerada en tres de las cuatro esquinas del cruce con la calle 72.

Partidos de fútbol a un lado y micrófono en mano, Javier Hernández Bonnet buscaba el mejor ángulo de la cámara para emitir en vivo el informe de la situación a esa hora.

Mientras, las personas esperaban la llegada de otros marchantes para salir rumbo a la Plaza de Bolívar, pero los cerca de 500 que venían desde la 127 estaban demorados, así que decidieron arrancar sin ellos cuando el reloj marcaba las 10:30 a.m.

Se trataba de un grupo de menos de mil personas que no alcanzaban a cubrir una cuadra y que causaban una conmoción menor a tres minutos. Muchos habían reciclado la camiseta del 2008 que decía “Colombia soy yo”.

En aquella ocasión, la unidad era también estética y dicha prenda fue la más usada. Esta vez, en cambio, no había ‘camiseta oficial’ y mientras algunos reciclaban camiseta, otros lucían modelos con diferentes leyendas: “Libertad para todos, ya”; “No más Farc” y otras al parecer llegadas de la frontera que decían “No más Farc desde Venezuela”.

Hasta gente con la camiseta de la selección Colombia de fútbol quiso mostrar su repudio a los violentos.

Pero la pinta es lo de menos cuando de pedir la libertad de los secuestrados se trata. Lo importante son las ideas, pero las ideas también estaban mezcladas. No al secuestro, no a las Farc era la idea central, pero la marcha de este 6 de diciembre dio para todo.

Desde pancartas dándole gracias por sus oficios al Coronel Plazas Vega (el del Palacio de Justicia) hasta un señor de túnica blanca que en la esquina de la séptima con calle 15 pedía amar al ‘Todopoderoso’ y que dejáramos de decir vulgaridades. Dos cuadras antes, un grupo de cuatro saxofonistas, 18 días antes del 24 de diciembre, tocaba una versión instrumental del villancico ‘Noche de paz’.

Y el clima era tan variado como las ideas. La lluvia se quiso soltar en la 60, pero amainó en la 48. La pequeña marcha creció a la altura del Parque Nacional, donde más manifestantes y miembros de la policía heridos en combate esperaban. Unas cuadras más al sur, como uno más, el ex candidato a la alcaldía de Bogotá y hoy zar anticorrupción, Carlos Fernando Galán, se unía a la marcha.

La marcha crecía, pero distaba de ser un río humano; a lo sumo amenazaba con convertirse en un río de aguas negras, tal como lo había anunciado esa misma mañana la alcaldesa encargada de Bogotá, Clara López, al afirmar que el alcantarillado de la ciudad estaba a punto de colapsar.

Faltaba gente, pero sobraba fervor. Las personas se asomaban a las ventanas de los edificios y saludaban con pitos, papel picado y trapos blancos. En algún lugar del centro de la ciudad, sobre un andén de la séptima, un indigente se arrodillaba junto a un arrume de bolsas negras de basura y comía cascos de naranja exprimidos que había dejado horas antes una señora que tiene allí un puesto de jugos. El hombre comió varias y guardó otras en su chaqueta, para más tarde. Su lucha no era contra las Farc, sino contra el hambre.

Parecía que el clima iba a estar del lado de la paz pese a las nubes negras. Horas antes de que se largara el aguacero, una escena de otra dimensión: el ex presidente Ernesto Samper escoltado por cinco hombres y su esposa, marchaba vestido de blanco mientras empujaba en silla de ruedas a Guillermo ‘La chiva’ Cortés, figura nacional y ex secuestrado. Visiblemente mal de salud, Cortés iba abrigado con chaqueta y bufanda y tomaba aire por un respirador artificial.

Pocos metros adelante de ellos, Luis Eladio Pérez, figura mediática del secuestro, iba de entrevista en entrevista y de foto en foto. Llevaba una bandera de Colombia al hombro y saludaba a cuanto extraño le gritaba.

La radio hacía lo suyo y alternaba informes de la marcha con noticias de actualidad: En Afganistán, 62 muertos; en entrevista exclusiva, el General Naranjo afirmaba que la marcha causaba preocupación en el Secretariado de las Farc; en algún punto del Magdalena Medio comenzaba la construcción de la ‘Ruta del sol’, vía que unirá a Bogotá con la Costa Atlántica, mientras que en algún otro punto, pero de la ciudad, la caravana de motociclistas llamada ‘Caravana por la Libertad’, liderada por el periodista Herbin Hoyos, se dirigía hacia la Plaza de Bolívar.

A las 12:30 del día sonó el himno nacional en la esquina de la séptima con Avenida Jiménez. La gente paró. Coro, primera estrofa coro, tres minutos de canto y de vuelta a la marcha. La Plaza estaba al alcance de la vista cuando el aguacero definitivo empezó a caer. Los vendedores de sombrillas hicieron negocio, aunque la gente se inclinó más por comprar ponchos de plástico a solo $500.

Templete en La Plaza, discurso de los familiares de los secuestrados, dummies en tamaño natural de los 11 diputados del Valle asesinados en 2007, minuto de silencio por las víctimas de la violencia, y en pleno minuto las motos de Herbin Hoyos que se aparecen escoltados por patrullas de policía.

Una caravana de harlistas que aceleraron sus máquinas para hacerse sentir y que lograron que varios perdieran la concentración y se aglomeraran a su alrededor para -con algo de codicia- verlas parqueadas.

La lluvia no cesa. Recorro la séptima en reversa rumbo a mi casa. La ciudad vuelve a la normalidad pero siente el guayabo post marcha. Arriba el cielo sigue negro, aunque en un costado, al occidente, se ve el sol, otra escena salida de una dimensión diferente. Con las horas el agua se irá y una luz naranja se tomará la ciudad.

Ese era el clima que todos esperábamos pero la resignación es a veces la única salida. Ya lo sabemos, no vivimos en un país perfecto.

ADOLFO ZABLEH DURÁN
PERIODISTA DE ELTIEMPO. COM

 

Publicación
eltiempo.com
Sección
Política
Fecha de publicación
6 de diciembre de 2011
Autor
ADOLFO ZABLEH DURÁN

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