Del dictador Rojas Pinilla al alcalde encarcelado Samuel Moreno

Del dictador Rojas Pinilla al alcalde encarcelado Samuel Moreno

Enrique Santos C. rememora la historia de la dictadura Rojas al escándalo de corrupción actual.

Del dictador Rojas Pinilla al alcalde encarcelado Samuel Moreno
22 de octubre de 2011, 11:55 pm

Hace cuatro años, por estos días, Samuel Moreno Rojas fue elegido alcalde mayor de Bogotá con casi un millón de votos. No es poca cosa que culmine su periodo guardado en una estación de policía del Parque Nacional.

Aunque no del todo imprevisible -por la trayectoria de su partido político y la de su hermano y consejero Iván (también detenido)-, este hecho insólito me ha disparado desordenados recuerdos sobre la historia y trayectoria, casi siempre enfrentadas, de nuestras respectivas familias.

Se trata, a fin de cuentas, del nieto del ex presidente Rojas Pinilla, que clausuró EL TIEMPO; del hijo de María Eugenia, la 'Capitana del Pueblo', que inspiró al M-19; del jovial y despreocupado Sammy, a quien hasta hace poco me encontraba en reuniones del colegio de nuestros hijos...

Mi primer y muy difuso recuerdo se remonta al 13 de junio de 1953 (siete años antes de que Samuelito naciera en Miami), cuando su abuelo sacó del poder al presidente Laureano Gómez.

Para regocijo de toda mi familia y del liberalismo en general. El golpe militar del general Gustavo Rojas Pinilla puso fin a una agobiante dictadura civil y fue celebrado por la prensa liberal de todo el país. Era la llegada de un gobierno que, pese a su origen castrense, prometía paz y prontas elecciones democráticas. EL TIEMPO había sido incendiado nueve meses atrás por las huestes del laureanismo, y su director, Roberto García-Peña, llegó a ofrecerle una serenata al desconocido general boyacense que encabezó el golpe.

Para esa época yo ya ojeaba los titulares del entonces periódico familiar y recuerdo el que exaltó a lo ancho de primera página la subida de Rojas Pinilla, en medio de ilustraciones de aves fénix que saludaban el renacimiento de la libertad de prensa. El entusiasmo no duró mucho. El general Rojas se amañó en el poder y no tardó en mostrar sus ganas de atornillarse en él.

Un año después del golpe, nueve estudiantes fueron abaleados por tropas del Batallón Colombia durante una pacífica manifestación en el centro de Bogotá. La matanza sacudió al país y en mi casa se comentó este hecho, así como el empeño del Gobierno en fabricar una asamblea constituyente para reelegirse, como pruebas inequívocas de que estábamos ante una nueva dictadura, esta vez uniformada.

Los roces crecientes entre la prensa liberal y el Gobierno eran tema permanente en las reuniones familiares de los grandes, a las que me colaba cuando podía, atraído por el aire conspirativo que las rodeaba. Eran célebres las tertulias donde María Calderón de Nieto Caballero -la célebre 'Marujita'-, en cuyo salón escuché por primera vez la expresión "salir de Guatemala para entrar en Guatepior" (para referirse al paso de Laureano a Rojas).

Acontecimiento inolvidable durante el gobierno militar fue la inauguración de la televisión en Colombia. La imagen más perdurable que guardo del general Rojas es la que aparecía con molesta insistencia por esa mágica pantallita, precedida siempre de una solemne voz oficial que anunciaba a los colombianos otra alocución del "Excelentísimo Señor Presidente de la República, Comandante Supremo, teniente general Gustavo Rojas Pinilla", seguida del rostro bonachón y las charreteras engalanadas del Primer Mandatario, que soltaba monótonas retahílas sobre su obra de gobierno.

Yo trinaba de la rabia cada vez que una aparición del general retardaba programas como Boston Blacky o el Club del tío Alejandro y ahí comenzó a caerme muy mal el Presidente, que familia y periódico habían aclamado como el salvador de la Patria.

Mi animadversión por Rojas se hizo más seria cuando, un año después, en agosto del 55, clausuró EL TIEMPO, con el pretexto de que su director se había negado a publicar una rectificación enviada por el Comandante Supremo.

El impacto personal de esta medida fue que mi papá se quedó sin empleo y nos tocó mudarnos a vivir con un malgeniado hermano solterón de mi mamá, lo que agudizó mi disgusto con el general gobernante. Ya yo captaba que los malos no solamente eran los godos, sino también los militares y, a la más curtida edad de 11 años, incurrí en mis primeros brotes de activismo político, bajo la batuta de mi mamá y sus hermanas y primas Calderón Nieto, llamadas 'las Policarpas', por el fervor con que promovían la causa liberal.

¡Cayó Rojas!

A raíz del cierre de EL TIEMPO, 'las Policarpas' encabezaron una protesta de las señoras de la sociedad bogotana, que, todas vestidas de negro, marcharon hasta la plaza de Bolívar. Se ganaron empellones y bolillazos de la Policía y nunca había visto a mi madre tan alterada, despeinada y enardecida como cuando llegó a la casa tras ese atrevido acto de rebeldía cívica. La quise mucho ese día.

Cerrado EL TIEMPO, el gobierno rojista (una 'dictablanda', en realidad) permitió que en su lugar saliera el diario Intermedio, nombre socarrón que insinuaba que lo de Rojas no duraría. Pronto comencé a vivir con infantil pasión las llamadas 'jornadas de mayo' contra la dictadura, mi primer contacto con la realidad de la política.

Emocionaba sentirse participando en grandes acontecimientos, ya fuera colocando tachuelas bajo las llantas de los carros durante los días del paro nacional, pegando en cualquier sitio pequeñas calcomanías amarillas y negras que decían "¡Botas no!", visitando en la cárcel al tío Hernando, encanado dos días por pintar consignas murales contra Rojas. Todo excitante y aleccionador para un peladito de mi edad.

La tensión hogareña era alimentada por la permanente lluvia de versiones sobre lo que pasaba: que en Cali mataron a tal dirigente liberal, que fulano era 'lentejo' (vendido al rojismo) y zutano, agente del SIC (policía política de la dictadura), que el domingo abuchearon a María Eugenia en la plaza de toros y tal día les metieron varios goles a los censores de Intermedio.

Día memorable fue el domingo en que mi mamá me llevó a misa a La Porciúncula, a escuchar uno de los sermones del cura Velásquez contra el gobierno militar, que convocaban a cada vez más gente. A la salida de la iglesia, atestada de vociferantes opositores de Rojas, estaba esperando la Policía, que arremetió contra la multitud con gases lacrimógenos y tanquetas que vomitaban tinta roja. Nos refugiamos con mi madre en una casa vecina, en medio de los gritos del tumulto y los llantos que producía el picante gas. Además de miedo del bueno, sentí enorme admiración por los estudiantes de corbata y camisa blanca que desafiaban los poderosos chorros de las tanquetas y devolvían a mano limpia las bombas lacrimógenas que disparaba la Policía.

Muy poco después fue ese "¡levántese, mijo, que cayó Rojas!", el grito con que me despertó mi mamá ese histórico 10 de mayo de 1957. Salimos a recorrer la ciudad en el Chevrolet gris plomo de mi padre y aún siento la euforia de la gente en la calle, los miles de pañuelos blancos, las banderas tricolor en las ventanas y el "ta-ta-ta" de los carros. Pitido ya emblemático que traducía "Ro-jas-no" y había llevado a muchos conductores a la cárcel.

El abuelo de Samuel cayó luego de un paro nacional total: transporte, bancos, fábricas, universidades. Ese día se abrazaron en las calles obreros y patronos; conservadores, liberales y comunistas.

Rojas, quien había convocado en su contra a la inmensa mayoría del país, abdicó sabiamente ante la abrumadora evidencia de su impopularidad. No había sido un dictador particularmente brutal o despótico, pero las crecientes arbitrariedades oficiales bastaron para voltear al país contra un gobierno militar que cuatro años antes había sido recibido con alborozo.

Caído Rojas, se inauguró una nueva etapa de la vida colombiana: la del pacto político del Frente Nacional, que significó la milimétrica repartición del poder presidencial y los cargos públicos durante 16 años entre los dos partidos tradicionales ya reconciliados.

El carácter excluyente de este acuerdo dio pie para que surgieran movimientos de oposición, como el MRL, de Alfonso López Michelsen, y la Alianza Nacional Popular (Anapo), alentada por seguidores del general Rojas, que produjo poco después la tumultuosa resurrección política del depuesto dictador.

Las jornadas de abril

Figura clave en la creación de la Anapo, en 1962, fue María Eugenia Rojas de Moreno, que se volvió alma y nervio del movimiento para reivindicar a su padre.

La madre de Samuel me evocaba en esa época todas las imágenes detestables del gobierno militar. Le decían 'La Nena' y era la niña mimada del régimen, encargada de una vistosa Secretaría de Asistencia Social (Sendas) para ayudar a los pobres.

Antes de que también fuera clausurado, El Espectador denunció que Sendas vendía (en lugar de repartir a los niños pobres) los juguetes que importaba con dólares oficiales. ¿Premonitorio antecedente? Y a propósito del embrollo de Samuelito, el investigador Alberto Donadío recordó que la picardía popular de aquel entonces tradujo la sigla de Sendas como "Sueldo En Dólares A Samuel" (en referencia a Samuel Moreno Díaz, el yerno del general).

Tras la fundación de Anapo, María Eugenia se convirtió en líder política de creciente arraigo popular. Movida por la obsesión de reivindicar a su papá y de sacarse el clavo con la "oligarquía" que lo había derrocado, fue determinante en la campaña que casi lleva a Rojas a la Presidencia en las elecciones del 19 abril de 1970. Las más traumáticas de la historia reciente, por la sospecha generalizada de que hubo fraude oficial a favor del candidato del Frente Nacional, Misael Pastrana Borrero.

Recuerdo la tensión que se respiraba en la redacción de EL TIEMPO cuando comenzaron a divulgarse las cifras electorales. "¡Esto se va a perder!", sentenció mi padre, jefe de Redacción y dueño de un excepcional olfato político, al conocerse que las primeras mesas contabilizadas en norte y sur de Bogotá favorecían al candidato Rojas Pinilla.

La incertidumbre crecía con el pasar de las horas y aún tengo presente la vociferante multitud anapista que al atardecer de ese domingo se aglomeró frente a la sede del periódico, en la Jiménez con Séptima. Hacia la medianoche, el gobierno de Carlos Lleras Restrepo ordenó que cesara la caótica transmisión radial de cifras electorales, que daban una mínima ventaja de Rojas. Al otro día era Pastrana el que punteaba, lo que volcó a la calle a turbas de enfurecidos rojistas en todo el país.

Durante dos días, el centro de Bogotá estuvo tomado y EL TIEMPO sitiado por la masa enardecida, hasta cuando Carlos Lleras decretó su histórico toque de queda. Aún veo su borrosa imagen por la televisión, señalando, reloj en mano, el perentorio plazo de dos horas que les dio a los colombianos para recluirse en sus casas. Todo el mundo obedeció -con Lleras la vaina era en serio- y la revuelta anapista se desinfló. Igual sucedió, eventualmente, con la misma Anapo, que despilfarró su enorme fuerza política a punta de componendas y corruptelas. Nada de lo presente es gratuito.

Las inolvidables jornadas de abril del 70 fueron una prueba de fuego para el Frente Nacional y marcaron un hito en la historia política del país.

Cuatro años después, María Eugenia se lanzó a la Presidencia (enfrentada a otros dos hijos de presidentes: Álvaro Gómez y Alfonso López Michelsen) e hizo su espectacular aparición el M-19, con el robo de la espada de Bolívar y su consigna de "¡Con María Eugenia, el pueblo y las armas, al poder!".

Por esa época conocí no solo a su fundador, Jaime Bateman (ese es otro cuento), sino a la propia María Eugenia, a raíz de una serie de entrevistas que estaba haciendo para EL TIEMPO con los candidatos presidenciales.

Nunca la había tratado en persona. Y pese a todo lo que oía y sabía de ella, me encontré con una mujer inteligente y afable, que rápidamente desarmó las prevenciones que yo llevaba. La 'Capitana del Pueblo', como ya le decían, me recibió dos horas en su casona de Teusaquillo, donde un mechudo Samuelito de 14 años se sentó en el sofá a escuchar mi conversación con su mamá.

"¡Esta vez la Anapo defenderá su triunfo!", fue la frase suya con que titulé la entrevista, tras escuchar la contundencia con que la 'Capitana' habló del entusiasmo popular en las cerca de 500 manifestaciones que había presidido.

Le pregunté por el recién aparecido M-19 y lo calificó como "fenómeno espontáneo del pueblo para defender el triunfo", pero dejándome muy en claro que ni ella ni el general tenían algo que ver con ese grupo armado.

El comienzo del final

Los comicios presidenciales del mes siguiente fueron golpe mortal para Anapo. María Eugenia sacó menos de medio millón de votos, frente a los casi tres de López Michelsen y el millón y medio de Gómez Hurtado (de 1970 al 72, Anapo ya había perdido un millón de votos), y de ahí en adelante todo fue cuesta abajo para un movimiento que había puesto en crisis al bipartidismo tradicional.

La pasión antisistema de María Eugenia se fue apagando (el M-19 pronto eliminó el nombre de la 'Capitana' en sus comunicados), sus seguidores se atomizaron y la hija del caudillo terminó aceptando cargos en los gobiernos de Belisario Betancur y Virgilio Barco. Pero nunca dejó de trabajar -con éxito, hay que decirlo- para la supervivencia de su partido y el legado político de su familia.

Un coctel de retórica antioligárquica, vocación clientelista y avidez burocrática garantizó la continuidad de Anapo. Fortalecida luego por la alianza que en el 2002 hizo con los grupos de izquierda en el Polo Democrático, que a la postre resultó funesta para la imagen de este y, como a todos nos consta, catastrófica para Bogotá.

El silencio del Polo sobre lo que ocurría con la contratación de obras públicas ha sido uno de los déficits éticos más graves de la izquierda colombiana.

La debacle se incubó hace cuatro años con la llegada de Samuel a regir los destinos de la capital, de la mano de su hermano Iván, quien traía antecedentes como alcalde de Bucaramanga. La otra cara de la vigencia del rojismo fue (ya no será) el extenso protagonismo público de los hijos de María Eugenia, que en los últimos 20 años han sido concejales, representantes, senadores, alcaldes...

Pero no hay herencias ni legados que aguanten escándalos como el del "carrusel de la contratación". Y no deja ser una cruel ironía final que la sufrida avenida Eldorado, que precipitó la caída de los Moreno Rojas, lleve el nombre del aeropuerto que inauguró su abuelo, el General.

Hoy, cuando el país vuelve a elegir alcaldes, Samuel e Iván se hallan ambos tras las rejas. Más allá del drama familiar, del profundo dolor de madre que debe sentir María Eugenia, de simpatías o antipatías políticas, lo sucedido no es gratuito ni casual.

Más aún, encierra una parábola aleccionadora sobre los riesgos y exigencias del servicio público. Del que "uno debe salir más pobre de lo que entra", como predicaban los viejos liberales. Sobre todo en un país ahogado en corrupción. Y, especialmente, cuando se llevan apellidos ligados por tres generaciones a la política nacional. Sé por qué lo digo, y confío en que no tendré que tragarme mis palabras.