EL NARCOTRÁFICO Y LA GUERRA

EL NARCOTRÁFICO Y LA GUERRA

El negocio del narcotráfico está financiando en parte la guerra, pero su curso y su resolución no dependen de lo que ocurra con el mercado de las drogas. Narcotráfico y guerra civil son dos problemas relacionados, que se refuerzan mutuamente, pero cuya solución exige definir políticas apropiadas a la naturaleza de cada uno y, sobre todo, políticas que, por intentar resolver uno, no agraven el otro. Dos errores simétricos nacen de la confusión de los dos problemas: el de concebir a las guerrillas como carteles de la droga y el de aplicar estrategias militares a la lucha contra el narcotráfico. Ambos desconocen la naturaleza de lo que buscan enfrentar, y pueden volver imposible su solución. Que las guerrillas y las autodefensas se financien parcialmente al transferir a su favor tributos forzados del narcotráfico es un hecho de la guerra que corresponde al dominio armado territorial que aquellos ejercen, que les permite igualmente obtener ingresos de los ganaderos, los contratistas del

13 de agosto de 1999, 05:00 am

El encuentro entre el narcotráfico y los dominios territoriales conduce al conflicto o al acomodamiento, y en los dos casos, ambas formas de organización, la de la guerra y la del negocio ilícito, cambian su naturaleza y dimensiones. La guerra se financia y el narcotráfico escapa al control del Estado, que tiene recortada su soberanía territorial. Eso no convierte a las guerrillas y las autodefensas en mafias, y por eso la guerra continúa, y tampoco transforma al narcotráfico en un adversario militar del Estado, y por eso sigue operando como negocio en medio de la guerra.

El error simétrico al de querer aplicar políticas antimafias a las guerrillas es el de militarizar la lucha contra los cultivadores ilícitos, porque significa tratar como enemiga a una población campesina abandonada, en territorios donde el verdadero adversario armado del Estado, la guerrilla, es la organización que regula el orden social y que capitaliza a su favor el descontento popular. La fumigación aérea y el hostigamiento militar de los cultivadores han acelerado la expansión de los cultivos a nuevas áreas y han convalidado la legitimidad social de la guerrilla, que se refleja en el mayor reclutamiento de combatientes y el aislamiento de la fuerza pública en territorio hostil.

La política frente al narcotráfico debe tener como objetivo la desorganización de los mercados y el derrumbe de los precios, hechos que por sí mismos desincentivan el cultivo, y este objetivo se consigue más rápido y a menor costo social al aumentar la actividad del Estado para deshacer las empresas de exportación de drogas, extinguir el dominio ilícito, perseguir el contrabando e interceptar las rutas del tráfico.

La política para superar la guerra civil exige sostener el reconocimiento de las guerrillas como adversarios políticos y militares del Estado, con las cuales es legítimo firmar un pacto de paz, como se hizo explíco en el acuerdo para iniciar negociaciones. Las guerrillas, aunque obliguen a tributar al narcotráfico, no son un adversario de la comunidad internacional ni de los Estados Unidos, sino el opositor armado del Estado.

El interés nacional colombiano de hacer la paz no puede subordinarse al interés electoral de una fracción de los políticos estadounidenses, que desea librar en el exterior y con muertos ajenos la guerra contra la propia adicción a las drogas y el mercado que la abastece. Y tampoco ayuda al interés nacional de los Estados Unidos echarse al hombro el fardo de escalar una guerra civil en su patio trasero para ahorrarle una negociación de paz al Establecimiento colombiano, y hacerlo con la inverosímil justificación de combatir el narcotráfico internacional.

*Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional