LA GUERRA DEL NARCOTRÁFICO

LA GUERRA DEL NARCOTRÁFICO

Por el escenario y la ocasión para convocar al mundo a la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado, así como por sus expresas referencias a Colombia y al cartel de Cali, el discurso del presidente de los Estados Unidos en la celebración del quincuagésimo aniversario de la ONU reviste vasta trascendencia y merece especialísima atención en nuestra patria.

24 de octubre de 1995, 05:00 am

A conciencia del liderazgo de su poderosa nación, el presidente Clinton propone una nueva agenda, al mismo tiempo que actúa y da ejemplo. De hecho internacionaliza la batalla contra el narcotráfico, el lavado de dólares y los otros dos flagelos, pero no abre un compás de espera mientras se logra el consenso de la humanidad.

De inmediato pone manos a la obra contra lo que considera amenaza a la seguridad, la economía y la política exterior de Estados Unidos. Con el objeto de enfrentarla y conjurarla, declara la emergencia, vincula a ella a todos los organismos públicos y congela los bienes de quienes participen, auxilien o presten apoyo de cualquier naturaleza al narcotráfico. Por si fuera poco, ninguna firma estadounidense podrá comerciar con sus propietarios o agentes, ni contribuir al lavado de dólares.

La determinación es categórica: No debemos dejar que laven la sangre de las ganancias del negocio de las drogas, del terrorismo o del crimen organizado . Estados Unidos ayudará a otros países a cumplir las normas internacionales sobre la materia y considerará sanciones para cuantos rehusen hacerlo. En esta forma, se acelera y precipita la realización de la iniciativa del presidente Samper de una conferencia mundial para definir y concertar acciones.

Sin perjuicio de exaltar la labor cumplida por Colombia en su lucha contra el narcotráfico, específicamente para poner tras las rejas a los jefes del cartel de Cali, el presidente Clinton toma severas providencias contra sus ramificaciones y operaciones financieras. La circunstancia de proveer al ochenta por ciento del consumo estadounidense lo erige en el enemigo de turno. Como a tal lo trata.

A los oídos colombianos quizá suene desproporcionada la guerra frontal de la superpotencia y del mundo contra una organización delictiva cuyas dimensiones se mimetizaban hábilmente aquí. Pero de esa magnitud son las cosas. En Estados Unidos el narcotráfico tiene hoy por hoy nombre propio: el cartel de Cali.

No oculta el presidente Clinton su preocupación por el auge de los estupefacientes entre sus compatriotas. A combatir su consumo invita, simultáneamente con su producción y distribución, en el entendimiento de la imposibilidad de erradicar el problema si una demanda impetuosa persistiera y generara el sostenimiento o el renacimiento de la oferta a golpes de rentabilidad.

El presidente Samper, en abono de la concertación internacional, ha destacado el carácter transnacional del narcotráfico. Tanto por la estrecha conexión entre los mercados de oferta y demanda como por el suministro de precursores químicos, como por las intrincadas redes de distribución y por el lavado de dólares. Dejar intacto cualquiera de estos flancos equivaldría a preservar el germen de presentes y futuros aprovechamientos.

La cooperación internacional resulta indispensable no solo por la movilidad del delito sino por las dificultades implícitas en la destrucción de los cultivos prohibidos. Colombia la ha adelantado venciendo conocidos riesgos, uno de las cuales se engendra en su rentabilidad extraordinaria. Necesariamente han de presentarse a los agricultores alternativas viables, remuneradoras y decentes. De lo contrario se provocarían indeseables conflictos sociales y, lo que es peor, se crearían zonas de complicidad o de tolerancia con el narcotráfico.

En lo tocante al lavado de dólares, dada la sorprendente agilidad de los medios electrónicos es otro aspecto en que la cooperación internacional está llamada a prestar servicio eminente. No se justificaría que mientras unos lo reprimen, otros lo consientan y aun promuevan. La regla debe ser de todos y para todos. Sin desconocer que la apertura indiscriminada abrió la puerta a la virtual legitimación de los dineros mal habidos. En Colombia, a través de las transferencias financieras de diversa denominación, pero también, según es de público conocimiento, del contrabando.

Como a ningún otro país, al nuestro le ha correspondido librar, muchas veces solo, esta accidentada y costosa batalla por la salud de la humanidad y la suya propia. No siempre fue justipreciado su esfuerzo. Hasta de narco-democracia llegó a acusársele. No obstante, los carteles han venido cayendo. Primero el de Medellín. Luego el de Cali, a cuyos jefes deberá juzgar y sancionar.

Excepto en las guerras mundiales, quizá no se hubiera conocido la congelación de bienes de extranjeros y la lista pormenorizada de los inculpados por un delito de lesa humanidad. A muchos compatriotas sorprenderá encontrarse con la importancia fatídica de los jefes y auxiliares del cartel de Cali. Sus andanzas cesaron de constituir secreto. Falta por establecer, con absoluta precisión, los nombres de sus numerosos agentes y cómplices en el interior de Estados Unidos.

Una nueva etapa de la ONU se abre e igualmente de la batalla contra el narcotráfico, fuente éste de corrupción devastadora e incontables males. Sea de resuelta y activa solidaridad de los pueblos, tanto como de recíproco respeto de sus soberanías y autoridades. En lo posible, con idóneos mecanismos internacionales.

Anticipadamente le llegaron a Colombia las guerras del futuro. Triste privilegio al que le ha tocado y seguirá tocando enfrentarse, ojalá con la cooperación de las demás naciones.