Bogotá

La hermana Teresinha, la mamá de los migrantes que no tienen qué comer

La Fundación Atención al Migrante les da ropa, comida y alojamiento a 58 personas de todo el mundo.

De chaleco azul, Teresinha muestra cómo es su actividad de ayudar a los migrantes más necesitados. Ella pertenece a las hermanas de San Carlos Borromeo.

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Héctor Fabio Zamora / EL TIEMPO

A los 4 años, Teresinha Monteiro salió de su casa con una mochila colgada en la espalda, se alejó ocho cuadras mientras su madre, al percatarse de su ausencia, la buscaba como una desesperada hasta que la encontró. Estaba dispuesta a pegarle un par de nalgadas.

Recuerdo que mi padre siempre me mostraba revistas de monjas, de las misiones por el mundo

“Hija ¿a dónde vas?”, le preguntó. “Me voy a África, mamá, quiero ser misionera”. La respuesta la enterneció tanto que la rabia menguó, y lo único que hizo fue abrazarla. Ese es el primer recuerdo de esta mujer, originaria de Santa Catarina (Brasil), quien desde hace 38 años forma parte de las Hermanas Misioneras de San Carlos Borromeo-Scalabrinianas. Son como una especie de ángeles para los migrantes del mundo. Viven para ayudarlos en 27 países del mundo.

Creció en una familia campesina; en total fueron 12 hermanos, que, como acto sagrado, oraban el rosario antes de probar bocado. “Recuerdo que mi padre siempre me mostraba revistas de monjas, de las misiones por el mundo. Eso forjó en mí un sueño”.

Así fue como terminó la primaria en su pequeño pueblo y luego, el bachillerato en el internado de la congregación, más tres años de formación religiosa en teología. “Me gustaba mucho la historia de mi comunidad, realmente era inspiradora”.

A finales del siglo XIX, en medio de la Revolución francesa, muchos italianos huyeron hacía las Américas. En esa época, el obispo Juan Bautista Scalabrini se dio cuenta de que sus fieles estaban desapareciendo de las iglesias, y fue entonces cuando se percató de la situación de los emigrantes y pidió que se enviaran sacerdotes a acompañar a la gente en los navíos. El misionero scalabriniano Giuseppe Marchetti asumió el reto y, luego de ver la muerte de una mujer en medio del mar, decidió emprender un proyecto para ayudar a los niños que quedaban huérfanos.

El joven religioso abrió en São Paulo (Brasil) un orfanato, con el nombre de Cristóbal Colón, para los hijos de inmigrantes italianos, y lo confió a una comunidad dirigida por su hermana Asunción. Así se llamaron las primeras postulantes para una nueva congregación femenina. “La hermana de Marchetti era de las Carmelitas, pero dicen que después de orar frente a un cuadro del Sagrado Corazón decidió unirse a la causa”.

Atraída por ese legado, Teresinha comenzó a trabajar en un colegio de la congregación en São Paulo (Brasil) con solo 20 años de edad. Árabes, japoneses, coreanos, italianos, había niños de todas las regiones de mundo inmersos en una cultura y un idioma que no conocían. “Recuerdo mucho a un pequeñito griego que hablaba en su lengua en casa, pero que en el colegio estaba totalmente bloqueado. Tenía 7 años pero una edad mental de 2 años”. Utilizando el método Montessori la hermana logró sacarlo del letargo. “Recuerdo que un día colocó la palma de su mano en mi boca y comenzó a soltar la lengua; luego, cada vez que aprendía una palabra me abrazaba; son experiencias inolvidables”.

Independientemente del credo de las personas que llegan a la fundación, la religiosa las incita a orar para sanar.

La vida de un misionero era impredecible, y la de Teresinha no iba a ser una excepción. El 1985, los prelados colombianos Mario Revollo Bravo y Pedro Rubiano Sáenz pidieron religiosos para trabajar con los migrantes; fue así como esta mujer llegó a Cali en 1987. “En ese momento llegaba mucho migrante de Perú que les huía a las injusticias de Sendero Luminoso, pero también muchos colombianos de regiones como el Urabá, que estaban escapando de la violencia”.

Recuerda mucho a una familia desplazada que había perdido todo lo que tenía, incluso su finca, y llegado a la ciudad transportada en un carruaje de madera arriado por un caballo, en 1988. “La meta de ellos era llegar a Pasto, ¿usted se imagina cómo pudo ser su sufrimiento?”. Con mucho esfuerzo, las religiosas los pudieron ayudar en una pequeña casa en Cali con dos habitaciones, en donde seis personas podían dormir. El trabajo se hacía con las uñas.

Pero la vida tenía más pruebas para Teresinha. “En 1994 tuve que regresar a Brasil. Médicos en Colombia me dieron seis meses de vida. Me diagnosticaron un cáncer en los ovarios. Me hicieron una cirugía, y me tenían que hacer diez quimioterapias y diez radioterapias. Una mezcla muy dura de sentimientos. Lo único que pude hacer fue hacer la oración intercesora; a través de la beata Assunta Marchetti y de Jesucristo, les dije por qué los inmigrantes nos necesitaban”.

Pero, a los ocho días algo extraño ocurrió. La religiosa recibió una llamada en la que le decían que se estaba llevando a cabo una junta de médicos y que no se explicaban cómo el agresivo cáncer había retrocedido y la patología, desaparecido. “Fue un milagro, pero, debido a que los médicos sintieron miedo de acreditar lo sucedido, todo quedó simplemente como una gracia. Finalmente, regresé a Brasil”. Allí culminaron sus estudios en sicología y trabajo social y ayudó a decenas de inmigrantes bolivianos indocumentados explotados por mafias locales. “Eran seres humanos con mucho miedo. Yo les enseñaba portugués, los acompañaba en la parte jurídica, laboral, era casi que su abogada. Así fue hasta el año 2000”.

Cuando Teresinha regresó, Bogotá había cambiado; ella, también. Trabajaron con muchas familias que llegaban a la capital huyendo de la violencia. Los ayudaba cuando llegaban a la terminal de transportes o también a la Casa del Migrante. “Recuerdo a un señor que había tenido muchas casas y haciendas. La guerrilla se le quería llevar a los tres hijos. Lo dejaron todo”. Pero lo que más la conmovió fue verlo llorar cuando se tuvo que poner una camisa de segunda; un abrazo cerró una de tantas escenas de esta mujer que regala aliento a los que más lo necesitan.

Desde el 2016 hace lo propio a raíz de la oleada de venezolanos que llegan a la ciudad con hambre, frío y la tristeza a flor de piel, como la de una mujer con cinco hijos, dos de ellos con problemas graves de salud, con la piel enferma de los ratos bajo en sol y la lluvia. Un mes duraron en la casa del migrante, un hogar de pisos pulcros en donde huele a limpio, a dignidad. Ellos lograron conseguir algo en arriendo, pero dos semanas después llamaron a las hermanas. El hambre los agobiaba. Solo los tenían a ellos.

A Teresinha, a Égide Benedetto, a Concepción da Silva y a Eunivia da Silva, las hermanas al frente del refugio, las compunge todo por lo que tienen que pasar los migrantes, pero sobre todo el sufrimiento silencioso de los niños. Ellos tienen un salón especial en donde desahogan todas sus penas a punta de charlas y dibujos.

Las mujeres también sufren mucho. “Recuerdo a una que salió de aquí, me llamó, me dijo que tenía hambre; yo no soporté y le dije que pasara por un mercado. Ella tenía que buscar 4.000 pesos para llegar por la comida”. Gracias a la ayuda de la fundación, ella llamó días después, con la voz entrecortada, casi gritando, para decir que había conseguido trabajo. “Ya no voy a pedir más, voy a trabajar juiciosa”.

Los días en la casa son una mescolanza de sentimientos. La jornada empieza a las 5:30 de la mañana y puede terminar a las 11 de la noche. Hay que estar pendiente de hablar con la gente, escuchar sus desahogos, cuadrar los cursos de confecciones, belleza, pedicura, patronaje, recursos humanos; y todo esto, con las uñas. Viven de las donaciones, de la buena voluntad de quienes entienden el drama. “Hay veces que los regaño, ellos tienen que entender que no vivirán eternamente de las limosnas. Eso hace una madre por sus hijos”.

Conseguir estufas de gas, ollas, platos, cucharas, pocillos, olletas para el chocolate, mercados, toallas, elementos de aseo y hasta ropa interior es una carrera contra el tiempo en una ciudad en donde cada vez llegan más inmigrantes.

Cada historia supera la anterior. “Una vez llegó una familia de cuatro, compartían entre todos un cepillo de dientes. Estaba tan viejo, todo floreado. Esas son cosas que todos tenemos, pero que no valoramos; otro no sabía qué era el sabor de la crema dental desde hacía cuatro meses”.

A veces, la inconsciencia es tal que hay personas que donan ropa interior usada. “He tenido que decirles si ellos se pondrían una prenda así de otra persona; solo así caen en cuenta”.

Teresinha dice que Bogotá no estaba preparada para recibir semejante oleada de inmigrantes, y por eso lucha para que la ciudadanía entienda este flagelo, a través de cursos, talleres y labores en las iglesias. “Ellos no nos vienen a quitar, ellos viene a trabajar. Están padeciendo lo de muchos colombianos en países como Ecuador: los tachaban de narcos, de cosas que no son. Si ellos ganan 50.000 pesos, mandan 45.000 a sus familias para que no mueran de hambre”.

A final, la gracia es grande cuando se ve a las familias degustar un plato de comida, calmar sus miedos, preparar su mente para volver a comenzar. “La mujer es por naturaleza una madre, y, como seres humanos, todos necesitamos de una”, dice la religiosa mientras reparte platos de comida en un comedor lleno de amor.

CAROL MALAVER
SUBEDITORA BOGOTÁ
En Twitter: @CarolMalaver
carmal@eltiempo.com