Mayo 6 de 2008
La oncóloga que se enfrentó al paciente más inesperado: su hijo
Ese jueves, un dolor de cabeza y un vómito acortaron la jornada escolar de Emilio. Pero él, con su inocencia característica, creía que no era nada extraño para su edad. Sus padres lo recogieron y, en efecto, cuando llegaron a casa, el niño estaba como si nada hubiera sucedido.
"Hoy los hospitales están llenos de menores por virosis, no te preocupes", le dijo un amigo a María Lucía Bocanegra, la mamá de Emilio, cuando ella lo llamó en la noche a cancelar su asistencia a un evento médico, porque tenía un pálpito extraño sobre la salud de su hijo.
María Lucía es radióloga y mamografista oncóloga desde hace 18 años y, tal vez ello, sumado al instinto que siempre la ha acompañado, la llevaron a insistirle a su esposo, Nicolás Jiménez, de su misma especialidad médica, que le realizaran un TAC a su "bebé".
A él, desde luego, le pareció exagerada la reacción de María Lucía, pero el lunes siguiente ya estaban en el Hospital Militar realizándole el examen a Emilio. "Una de las tantas casualidades y 'milagros', como yo les llamo -cuenta María Lucía-, dentro de este proceso, es que justo ese día me encontré con un amigo, el neurorradiólogo Marco Luciano Charry, quien se había quedado un poco más después de su turno y pasó a mi hijo a resonancia magnética".
Nicolás entró con Emilio al cuarto, mientras que su madre no quitaba la vista de la pantalla. Y, según cuenta, fue terrible ver cómo aparecía ante ella una imagen devastadora: un tumor cerebral de 4 x 5 cm, que el médico diagnosticó como maligno.
"Yo quedé pálida y noté cómo Nicolás quedaba frío al verme a mí -asegura-. Yo no pude ni llorar y empecé a hiperventilar. Ahí supe que es verdad que el corazón duele porque eso sentía yo". Por fortuna, y gracias a muchas ayudas, el martes hacia mediodía ya estaban operando a Emilio en la clínica Santa Fe. "Mi muñeco es tan valiente y Dios es tan grande, que a, pesar de los pronósticos desalentadores y el riesgo de la cirugía por las estructuras vasculares, mi hijo pasó a cuidados intensivos esa noche; al cuarto día ya estaba en la casa y a la semana siguiente en el colegio. Lo que más me atormenta es que otras mamás no tengan la misma oportunidad que yo tuve de actuar a tiempo y por eso es que ahora peleo más, por esa negligencia".
Pero todo no paró ahí. A los dos meses reapareció el tumor, como sucede generalmente en estos casos. El dolor se apoderó con más intensidad de María Lucía y de Nicolás, pero también el optimismo y las ganas de luchar por su hijo.
"Nos dimos cuenta -sostiene Bocanegra- de que tenemos amigos verdaderos y eso fue maravilloso. Aparecían milagrosamente personas como un rabino, un sacerdote que estaba en año sabático y solo lo interrumpió para ofrecer una misa por Emilio, grupos de oración, médicos y amigos que llamaban y nos acompañaban en todo momento. Sé que el poder de la oración existe, sin importar la religión, y eso no pelea con la medicina, que tanto adoro".
En el recuerdo de esta madre, que ahora se preocupa más por el presente y no por lo que vendrá (de hecho ya hicieron realidad algunos sueños de Emilio como conocer la nieve e ir a Disney World), está cómo el niño, contra todo augurio, incluso de la psicóloga del colegio, llegó a mostrarles a sus compañeritos de clase su herida con grapas, sin taparse con la cachucha y con una gran sonrisa en los labios. "Él es divino -cuenta María Lucía-. Se cree el 'chacho' y no es consciente de su enfermedad porque no le duele ni un dedo. Ya terminamos el proceso de radioterapia y hay que esperar los resultados de la resonancia de control, pero yo sé que va a estar bien, él fue un milagro para mí y lo seguirá siendo, pase lo que pase".
POR CAROL ESPITIA