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De 345 toneladas producidas, 70 se venden en calles y 'ollas' de las principales capitales. Laboratorios se mueven hacia las ciudades: el año pasado cayeron 32 en las goteras de Bogotá.

Cárceles, puntos de expendio de drogas

Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 2:40 p.m. | 14 de Mayo del 2013

"Cuando llegué a la cárcel llegué a hacer lo mismo que en la calle: ser el ‘carro’ de las personas que manejan la droga y recibir órdenes por ganarme una bicha". Estas palabras son de Edilberto Mora Castaño, quien completa 50 meses en la cárcel La Picota de Bogotá.

Más allá de reflejar el problema del consumo de estupefacientes en las cárceles, sus palabras muestran la realidad del negocio del microtráfico que también se mueve tras las rejas. En lo que va corrido del año, el Inpec ha incautado 12.237 gramos de todo tipo de estupefacientes en requisas en las diferentes cárceles del país.

La cifra parece mínima frente a lo que los mismos internos aseguran se mueve en patios como los de mediana seguridad de La Picota. "Conseguir es fácil porque la mayoría vende, solo es acercarse un metro y tener dinero", dice Enrique Salazar, un joven de 21 años, quien hace 15 meses paga una condena de 6 años por el delito de hurto agravado y calificado.

Como él, cientos de presos fueron capturados cuando cometían un delito bajo el efecto de los alucinógenos. Salazar, quien tiene los ojos de color claro y la tez de su piel blanca, recuerda que a los 11 años comenzó a fumar y consumir licor. "Primero probé perica, luego marihuana y luego basuco. Probé ciego y la droga me atrapó", dice este joven, quien en el 2007 se fugó de un centro de menores donde recibía un tratamiento. "Robaba para consumir, me quedé sin casa y eso me obligó a salir a la calle a robar", añadió.

Si bien el Inpec reconoce que existe un problema de narcomenudeo en la mayoría de las cárceles, asegura que no existe un estudio que cuantifique la dimensión del problema ni del consumo. Pero en la cárcel La Picota el dragoneante Andrés Guzmán, psicólogo a cargo de las comunidades terapéuticas, calcula que el 80 por ciento de los detenidos en ese penal ha consumido algún estupefaciente en prisión, y un 4 por ciento es dependiente.

Las investigaciones preliminares de un grupo creado por el Inpec han detectado que el precio de la droga varía según el régimen de seguridad, si es de mínima o de mediana es más barata, pero si es de alta seguridad, el precio puede hasta triplicarse. "Varía por la dificultad de ingreso", explica una funcionaria dedicada a estudiar los problemas de salud en las cárceles. La razón por la que no se vende son los efectos de euforia que genera. Agrega que, por ejemplo, una libra de marihuana puede valer un millón de pesos, y cada cigarrillo o bicha, como la llaman, es vendida en mil pesos. Una línea o pase de cocaína puede costar entre 10 mil y 20 mil pesos.

Quizás lo que más se vende es el basuco, que las redes en las cárceles se encargan de preparar. Para ello, tienen a presos dedicados a raspar los barrotes de las celdas y pasillos, así como las paredes del penal. "Le echan de todo y la dosis la venden a mil pesos. Les interesa venderla barata porque el que consume basuco requiere de dosis continuas, y así los mantienen dependientes", señala una investigadora del Inpec.

Ante esa dependencia los consumidores se ven obligados a realizar lo que antes hacían en la calle. Hacer parte de las redes y ayudar en la distribución, y robar para conseguir dinero. "Uno se vuelve esclavo de eso, y solo piensa en estar trabado para que el día pase rápido tiene que estar trabado, y todo lo que uno consigue es para el vicio", cuenta Gerson Andrés Páez, quien hace 28 meses paga una condena por hurto. Dice que de sus 31 años, 19 los ha dedicado a la delincuencia.

Una conducta que continúo en prisión. Dice que para conseguir dinero y costear su adicción no dejó de robar. "Uno busca robar a otro compañero y mandar a vender a otro patio. Se aprovecha el descuido cuando la gente está por ahí lavando para conseguir qué vender, porque hay gente que compra en efectivo y otros que pagan con las consignaciones, con gaseosas, con una cosa u otra en expendio (tienda en los patios)", dice este hombre, que por el consumo aparenta más de 40 años.

Otro de los negocios en la cárcel es la venta de pastillas. "Lo único que no se consigue es éxtasis", dice una funcionaria del Inpec. Lo que sí se consigue son pastillas como el viagra o megasex. "Hay un mercado negro de estas pastillas para las visitas conyugales. Pueden valer 7 mil pesos", indica el Inpec. El narcomenudeo en prisión también incluye los medicamentos para la población psiquiátrica. "Reciben la medicina en la boca, pero no se la pasan, sino que la sacan de la boca y la venden en 2 mil o 5 mil pesos", dice una investigadora.

¿Quién ingresa la droga?

La Fiscalía y la Policía han detectado varias redes que fuera de la cárcel se han especializado en ingresar todo tipo de droga. La estrategia más común es usar los días de visita, generalmente los domingos, cuando ingresan las mujeres.

Los jefes de cada red de los patios incluyen en sus listados de personas autorizadas para visita a mujeres que hacen parte de esas organizaciones. En sus partes íntimas y acudiendo a toda clase de estrategias para esconder los paquetes.

En marzo pasado, el CTI de la Fiscalía capturó a un grupo de mujeres que se dedicaban a ingresar drogas y celulares a cárceles como La Modelo de Bogotá, y a penales del Eje Cafetero y Boyacá. Para coordinar su accionar rentaban casas o simplemente habitaciones aledañas a las prisiones, y allí se distribuían entre ellas los estupefacientes.

Si bien la astucia de esas redes no tiene límite y logran violar los controles en las cárceles, también influye la corrupción de funcionarios y la guardia del Inpec, que muchas veces permiten el ingreso; y sobre todo el expendio y consumo en los patios.

Lo cierto es que mientras se avanza en las investigaciones para dar con los ‘caciques’ de los patios que manejan los expendios de drogas, el Inpec le ha apostado a crear centros de tratamientos para adictos, a los que llaman comunidades terapéuticas. En espacios cerrados en las cárceles y alejados de todo el ambiente del día a día, 296 internos considerados adictos en 13 cárceles han optado por dejar las drogas. Allí hay hombres como Edilberto Mora, Enrique Salazar y Gerson Páez, quienes vivieron en las calles en medio de la droga, pero también extranjeros, como David Juan, que cayeron en una cárcel tras aceptar ser mulas.

pauang@eltiempo.com

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