Eltiempo Multimedia
Balance de lo que ha sido desde la firma de la ley hasta hoy su aplicación. Víctimas y analistas hablan del tema.

La desoladora vida de un campesino al que le quitaron su tierra

Por: JULIÁN ESPINOSA ROJAS - REDACTOR ELTIEMPO.COM | 8:27 a.m. | 18 de Junio del 2012

La  desoladora vida de un campesino al que le quitaron su tierra

La historia de un campesino víctima del destierro por la violencia.

Foto:

Lleva siete años separado de su familia. Dice que, por todo lo que ha tenido que vivir, nunca volverá a su finca.

"Solo pude darles un abrazo. Ellas lloraban mucho, pero tenía que hacerlo". Así recuerda Rafael* la salida de su pueblo en el Putumayo, con solo un maletín al hombro. En él llevaba ropa y las fotografías de su familia, con la firme convicción de pronto regresar. Su espera, siete años después, aún continúa.
 
Todo comenzó la mañana del 4 de agosto de 2005. Ese día, cuando madrugó a trabajar en la finca familiar, en el municipio de San Miguel, fue desterrado por paramilitares. Tras dormir en la calle, se llenó de valor e intentó volver por su familia pero fue secuestrado y torturado en cautiverio.

Hoy en día, recorre las frías calles de Bogotá, la mayor parte del tiempo desempleado, mientras que sus hijas, de doce y nueve años de edad lo llaman constantemente desde Mocoa (Putumayo) y le preguntan por su salud, por el frío en la capital y por la fecha en la que podrán reencontrarse como familia. Ahora, en medio de una desgastada espera, el Gobierno Nacional incluyó su nombre en el listado de las primeras personas que serán reparadas por el Estado tras ser reconocidas como víctimas de la violencia. No obstante, cuando parece que su sueño está apunto de realizarse, su salud parece ser su nuevo gran obstáculo.

La última mañana en la que pisó su tierra
 
Como cada mañana, caminaba cerca de una hora para llegar a la finca. Pero ese día, cuando madrugó más que sus hermanos para ir a trabajar, su rostro quedó grabado en la memoria de los paramilitares de la región. "Cuando venía bajando por una loma, entre unos árboles de naranjo, me dio por meterme y vi un grupo de hombres. Todos estaban con armas largas", dice.
 
En sus recuerdos permanece la imagen de las 15 encapuchados que recorrían la finca. Alias 'Muela Rica', el comandante de la zona, se presentó y le exigió que debía abandonar el predio. "Les vamos a dar 24 horas para que ustedes, esta misma noche, se vayan de esta finca y para que nunca más vuelvan. Si usted no le dice esto a sus papás y hermanos, a lo que vengan, aquí los matamos", agrega.
 
Lo que vino después fue una angustiosa carrera por llegar a su casa antes de que sus hermanos salieran rumbo a la finca. Rafael recuerda que ese día corrió por todo el pueblo. Llegó a casa y se despidió de su familia. Incluso, tiene muy presente que, ante el llanto de su familia, desesperado sacó el televisor y lo llevó a la casa de empeño del pueblo. Pasó por la comisaría de Policía y le recomendó su familia a la inspectora. Ya llegaba la noche.
 
El inicio de la tortura

Rafael sabía que quienes eran desterrados en su región, se iban para Ecuador. Sin pensarlo, tomó ese mismo día un bus y se dirigió hacia la frontera. Tras permanecer 15 días deambulando en varias poblaciones fronterizas, y sin poder comunicarse con su familia, consiguió trabajo en una finca. Allí vivió tres años.
 
Durante ese tiempo, decidió un día visitar a su familia desafiando las amenazas que pesaban en su contra. Quería ver a su esposa y a sus hijas. Sin embargo, según cuenta, cuando llegaba al pueblo, cayó en un retén ilegal. Cuando lo identificaron, fue secuestrado. Lo que vivió durante esa semana quedó marcado en su cuerpo y en su mirada. "Me mantuvieron ocho días secuestrado. Me untaban soda cáustica en la cara y el pecho. Sabían quién era yo y me habían dicho que no podía volver. Solo pidieron la finca. Contactaron a mi familia y se llegó a un acuerdo: nunca más volver. Solo así me dejaron en libertad".
 
Con heridas en su cuerpo y sin poder ver a su familia, fue abandonado en una vía. Días después, su esposa y una de sus hijas resultaron gravemente heridas tras ser alcanzadas por la explosión de una granada que, al parecer, las Farc habrían lanzado sobre una vía. Un motociclista que transitaba por el sector murió instantáneamente tras estallar la granada en su cuerpo.

"Eso es muy duro. No aguanté, pero sabía que ni a Pasto ni al Putumayo podía volver. Y tampoco me podía llevar la familia a algún lado porque cómo. No podía sostenerme ni solo. Entonces decidí irme más hacia arriba". Fue así como, sin conocer, llegó a Pereira (Risaralda). Contactó al amigo de un amigo, quien le brindó trabajo y hospedaje en un taller.

Los días parecían tranquilos. Hacía los mandados del jefe, aprendió de mecánica y llamaba a su esposa, cuando podía. Incluso pensó en que había llegado el momento de reencontrarse en una nueva ciudad. Pero la angustia volvió a sus días. Lo encontraron.

De nuevo en la huida, llegó a la capital

"Un día llegué y el patrón me dijo: Yo a usted lo distingo y sé de dónde viene pero, no quiero que usted arriesgue su vida ni que ponga en peligro la de mi familia. Necesito que se vaya", recuerda.

Según conoció, dos hombres en motocicleta llegaron al taller preguntándolo. Habrían dejado razón de que iban de parte de 'Piolín', un integrante de las Autodefensas. "Cuando escuché eso, me acordé de quién era. Entendí que me habían encontrado, así que le di las gracias al patrón. Debía irme. Otra vez", relata.
Sin tener un destino fijo, esa misma noche llegó al terminal de transportes y pensó que debía ir a Bogotá. Estaba desesperado.
 
Caminando, llegó hasta el sector de 'Paloquemao'. Bajo un puente pasó sus primeras cuatro noches en la ciudad. La angustia, el hambre y el frío que carcomían su cuerpo lo obligaron a pedir ayuda. Entró a una cafetería y habló con el administrador. Después de ese acto, según recuerda, las cosas comenzaron a mejorar. El hombre, conmovido por su historia, le facilitó una habitación con un colchón y alimentación durante unos días. Recibió 400 mil pesos como ayuda humanitaria del Gobierno y logró instalarse, por unos días, en un humilde sector en la localidad de Usme.

Desde ese entonces, ha podido realizar trabajos varios en el sur de Bogotá, para conseguir lo del diario vivir. Su proceso ante la justicia ha avanzado y ha reconocido ante la Fiscalía a algunos responsables de hechos de violencia en el Putumayo, capturados por las autoridades. Pero el desespero de no ver a su familia sigue ahí.

En tanto, Rafael tiene claro que a su finca, en San Miguel, nunca volverá. Dice que siente miedo cuando camina de que lo vuelvan a encontrar. Solo espera que la reparación de la que tiene derecho como víctima, le permita conseguir un lugar seguro dónde vivir y poder crear un negocio que le permita brindarle a su familia seguridad económica, lejos de la fría capital y de la tierra de la que no puede ni quiere volver.

"Lo que es al Putumayo, no lo vuelvo a pisar. Ese es pueblo bueno para trabajar y para vivir con la familia. Todo eso se extraña, pero la vida ya no puede ser como la de antes", asegura.

No obstante, esta semana conoció una noticia que desgarró sus esperanzas. Fue diagnosticado de cáncer de garganta, en una etapa temprana. Sin dejarse ver devastado, Rafael* mantiene intacto su sueño de reencontrarse con su esposa y sus dos hijas. Cree que, a pesar de su enfermedad, está cerca el día del reencuentro y de brindarles lo que, durante estos siete años, no ha podido. Sostiene que, por estos días, seguirá en Bogotá, contando los días en los que la restitución le brinde garantías de estar cerca de lo que más quiere. Espera recuperarse de su enfermedad para así, pronto recobrar su vida en familia, como lo era antes de ser desterrado.
 
*Identidad cambiada por motivos de seguridad.

JULIÁN ESPINOSA ROJAS
Redactor ELTIEMPO.COM

    Publicidad
    Paute aquí

    Recomendados en Facebook

    Publicidad
    Paute aquí

    Reportar Error

    ¿Encontró un error?

    Para eltiempo.com las observaciones sobre su contenido son importantes, permítanos conocerlas para, si es el caso, tomar los correctivos necesarios, o darle trámite ante las instancias pertinentes dentro de la Casa Editorial El Tiempo (CEET). Por favor, incluya su nombre y correo electrónico para informarle del seguimiento que le hemos dado a su observación.

    Los campos marcados con * son obligatorios.

    *
    *
    *

    Mostrar Comentarios