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La ropa también contamina: conozca como impacta el tema del reciclaje textil y su impacto ambiental: Falta de regulaciones, políticas de reciclaje textil y el fast fashion en el impacto ambiental.

El papel de un reciclador

Por: FABIÁN FORERO BARÓN | 10:54 a.m. | 11 de Septiembre del 2012

El papel de un reciclador

Todos los días, desde las 5 de la tarde, John Jairo Caro recorre algunas zonas del norte de Bogotá, en busca de residuos reciclables. Fotos: Luis Lizarazo y Claudia Rubio /EL TIEMPO

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Día a día de un hombre que, como muchos, rescata 'a mano limpia' el material reutilizable de nuestra basura. Así, evita que toneladas de residuos lleguen a los rellenos.

Si a Juliana Morales le preguntaran por su marido, diría que se la pasa de viaje.

Y no es porque el hombre se dedique a los negocios, simplemente es la constante en la vida de los recicladores. Los domingos por la tarde, John Jairo Caro sale de su casa en el barrio El Paraíso, en Ciudad Bolívar, para empezar una nueva semana de trabajo que solo culmina 6 días después.

En ese período de tiempo este bogotano, de 25 años, permanece sumergido en la ciudad. No se baña, y duerme en el interior de su carreta. "La parqueo al frente de la cooperativa de reciclaje y descanso de día", cuenta.

La jornada diaria comienza a las 5 de la tarde. John tiene asignada la zona del barrio Prado Veraniego y la avenida 19, desde la calle 100 hasta la 108. Sus únicos compañeros de recorrido son su vetusto carro de madera color verde, dos costales para empacar las botellas y su radio de pilas.

La recolección es una lotería a mano limpia. El reciclador no usa guantes, pues en la dinámica de la noche lo mejor es abrir las bolsas con la mano desnuda. La mente de John está finamente programada para salvar de la basura pedazos de cartón, papel, botellas, icopor, radiografías y otros elementos renovables. "Uno le tira a los envases de plástico, que son de los que más valen. Y al cable para vender el cobre. Pero cada vez ese producto sale menos", aclara John, mientras revuelve una montaña de escombros en una esquina del barrio Prado Veraniego, en el norte de Bogotá.

El trabajo de John, pese a su valor ambiental, también tiene su lado negativo. Para él y los de su gremio, lo más duro es cuando le meten la mano limpia a una bolsa repleta de papel higiénico usado o de toallas higiénicas. "Hay que tener mucho estómago. Las que tienen desperdicios de comida también son desagradables. Varias veces me he vomitado después de abrirlas", admite, sonrojado. La lluvia no es excusa para que el reciclador abandone su trabajo. John, por ejemplo, asegura que las mojadas a las que se expone son las culpables de que buena parte del año tenga gripe. Y esto no es lo peor. El joven reciclador, al igual que los cerca de 2.000 colegas que hay en Bogotá, ejercen el oficio sin ningún tipo de seguridad social. (Vea también la Galería La ruta del reciclaje)

"Uno se puede morir dentro de la carreta y nadie se da cuenta. Es que ni siquiera podemos aspirar a una pensión", agrega con cierta resignación, Óscar Morales, otro reciclador con 15 años de experiencia y quien es suegro de John.

Negocio en decadencia

Ambos recicladores coinciden en que su oficio se vino al piso con la aprobación del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos. La tesis la argumentan con la simple dinámica en la que se basa el negocio: el precio del material.

John, por ejemplo, asegura que lo que más bajó de costo fue el PET, material del que están  hechas las botellas plásticas. "Antes del TLC las pagaban a 600 pesos el kilo. Hoy, no dan más de 300 pesos", explica.

Esto mismo sucede con productos estrella como el papel, cuyo costo en las centrales de reciclaje oscila entre los 70 y 80 pesos, cuando antes estaba en 200 pesos el kilo. El vidrio también ha caído significativamente: una bolsa de un kilo la pagan a 70 pesos.

La misma percepción sobre los "malos tiempos" que afronta el reciclaje la tiene Abelardo Mora Figueredo, gerente de Papeles del Norte, una de las bodegas más grandes de Bogotá.

"Con el TLC está llegando materia prima lista para trabajar, como las pulpas de papel archivo, de cartón y las fibras de PET. Eso está llegando a 'precio de huevo' y lo que hace es que a nosotros se nos baje el trabajo", aseguró Mora, quien tiene a cargo 40 recicladores debidamente carnetizados e identificados, puesto que el gerente dice que no le gusta trabajar con personas viciosas o con ladrones.

La ruta del reciclaje

Después de que John recorre su zona y desocupa entre 250 y 300 canecas, llega sobre las 4 de la mañana al separador de la avenida 19 con calle 108. Sobre el césped riega toda la carga y empieza a separarla. Así, hace montones de botellas de vidrio, de plástico, de papel, de cartón, de radiografías y de cable. Luego empaca el material en costales y los ubica en la carreta. A las 6 de la mañana ya está listo para hacer la fila en la central y entregar el producido de la noche.

Abelardo, el gerente de la bodega, pesa la carga y escribe en un papel el valor que va a ancelar. El producto pasa a los seis empleados del sitio que se encargan de separar las botellas por colores y de terminar de seleccionar el papel y el cartón.

Con el material listo, se prende la máquina compactadora, que sirve para que el PET ocupe menos espacio. "El vidrio se los vendemos a la fábrica de Peldar para que lo funda y haga botellas nuevas. El papel se lo entregamos a una distribuidora que lo convierte en papel higiénico", asegura Abelardo, quien lleva en este mercado de segunda más de 25 años.
Dos veces por semana empresas captadoras del material visitan la bodega y la desocupan, para darle espacio a la carga que día a día llevan los muchachos.

John, como casi todos los recicladores, reconoce que la forma en la que se gana la vida contribuye a la salud de la Tierra, y no solo para echarse algo de plata a los bolsillos. "La gente piensa que uno es un indigente. Desconocen que lo que hacemos es algo ambiental. Imagínese toda la basura que habría si nosotros no recicláramos", cuenta el joven. Para él, el sábado es el día más grato de la semana. Además de que puede irse a descansar, Abelardo, dueño de la bodega, aprovecha la madrugada para pagarles a sus trabajadores.

Uno por uno, y como si se tratara de una hacienda cafetera, cada jornalero de la basura pone la mano para recibir los 80.000 o 100.000 pesos que pueden ganarse en una semana de trabajo.

Pasadas las 7 de la mañana, el protagonista de este reportaje se embarca en un bus que lo llevará de nuevo a Ciudad Bolívar para volver a ver a su esposa Juliana y a Michael, Angie, Karen y Laura, sus cuatro hijos que lo esperan para abrazarlo y pedirle una colombina o unas galletas. Ahí es cuando Jhon se da cuenta de que tanto esfuerzo sí vale la pena...

Fabián Forero Baron
Redactor EL TIEMPO

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