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Desde enero del 2003, al menos 48.500 hombres y mujeres han dejado la guerra. ¿Dónde están, qué ha pasado con ellos y cómo debe prepararse el país para recibir a otros miles que llegarán por el inminente proceso de paz?

'Váyase, ¡usted nos está haciendo inteligencia!'

Por: ANDRÉS ROSALES | 5:42 a.m. | 15 de Septiembre del 2012

'Váyase, ¡usted nos está haciendo inteligencia!'

Natalia, su hijo y su esposo. "Lo que quiero es ser una simple ciudadana", dice.

Foto: Andrea Moreno / EL TIEMPO

Desde que dejó las filas de las Farc, hace siete años, solo ha conseguido un trabajo formal y fue despedida cuando se enteraron de su pasado.

Sentada en la cama que hace de sofá en un estrecho inquilinato del sur de Bogotá, y susurrando por temor a ser oída por sus vecinos, *Natalia dice que más teso que la guerra es salir de ella.

Ni los días en que empuñó un fusil y empezó a combatir -a los 8 años- ni las horas agazapada en el monte ni los cadáveres ni las balas logran quebrarle la voz durante el relato. Cuando la despidieron de su trabajo como manicurista, ya en la vida civil, sí. "Es el dolor de los sueños rotos", dice Natalia, de 22 años, reponiéndose inmediatamente.

Desde que dejó las filas de las Farc, hace siete años, solo ha conseguido un trabajo formal después de muchas hojas de vida en las que tuvo que dejar en blanco el renglón de la experiencia. Y lo perdió cuando su jefe se enteró de que era reinsertada. "Usted nos va a secuestrar. Está obteniendo información de los clientes.

Váyase, por favor", le dijo el hombre, un transformista dueño de un afamado salón de belleza en el norte de Bogotá, y tras casi un año de contrato, pero también de amistad.

"Nos hicimos muy amigos. Hablábamos de hombres y de amores. Y de sueños", relata Natalia. "Cuando le conté, quedó frito. Se puso a hacer inventarios. Luego, me mandó pa' la calle".

La confesión tuvo que hacerla cuando no pudo mentir más. Cada segundo miércoles del mes, durante casi un año, estuvo inventando exámenes médicos, calamidades domésticas y familiares, y enfermedades. En verdad, debía asistir, como lo hace aún, a las sesiones psicosociales de la Agencia Colombiana para la Reintegración. Casi siempre de botas, con las uñas pintadas de colores -"como en Protagonistas de novela"-. Es madre y esposa, Natalia no se rinde.

Como tenía miedo a ser rechazada otra vez, decidió revelarse contra los psicólogos que establecieron que su perfil era de manicurista, panadera o zapatera: "Hice algo importante, algo en lo que tengo muchas esperanzas". Además de sus actividades en la casa y de cuidar a su hijo, de 2 años, tiene una pequeño proyecto con una organización internacional para luchar por la niñez salida del conflicto. El computador es regalado.

Pero además hace teatro (ha viajado por el país con una compañía que ella fundó) y, de vez en cuando, realiza domicilios como manicurista.

Natalia se cree invencible: "En las Farc nos decían que los héroes mueren jóvenes. Por eso, nos mandaban adelante, de carne de cañón. Yo nunca pensé que iba a llegar a los 18. Cuando los cumplí me di cuenta de que era la mujer maravilla", dice seria y con orgullo.

Entonces, habla de los bombardeos que no pudieron matarla; de las cicatrices que le dejaron las esquirlas en las piernas y en la cabeza; del asesinato de su mamá siendo ella una niña; de los abusos que soportó en los albergues en los que estuvo mientras llegó a la mayoría de edad, y de las veces que intentaron abusar de ella. "Si no me morí antes, menos me voy a morir ahora. Tengo muchas ganas de vivir. ¿Usted no cree -de verdad- que yo soy la mujer maravilla?". *Nombre cambiado.

Andrés Rosales
Redacción Domingo

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