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Desde enero del 2003, al menos 48.500 hombres y mujeres han dejado la guerra. ¿Dónde están, qué ha pasado con ellos y cómo debe prepararse el país para recibir a otros miles que llegarán por el inminente proceso de paz?

Por temor a un despido lleva un año de silencio

Por: MARÍA PAULINA ORTIZ | 5:30 a.m. | 15 de Septiembre del 2012

Por temor a un despido lleva un año de silencio

Ver a un niño secuestrado fue la imagen que convenció a Mario García de irse definitivamente de las Farc. "Me imaginé a mi hijo. No pude con eso", dice.

Foto: Diego Santacruz / EL TIEMPO

Fue guerrillero por dos décadas. Para sobrevivir como electricista, esconde su pasado.

Mario García no se llama Mario García. Lo llamaremos así porque si sale su nombre real, quizá pierda su trabajo, como le pasó ya una vez. Mario fue miembro de las Farc durante dos décadas. En el 2004, se desmovilizó. Desde entonces, han sido ocho años de vida nueva. Y de silencio.

Sale de un edificio de la avenida Chile con carrera séptima, en Bogotá. A las 10 de la mañana, lleva cuatro horas de trabajo. Ha pedido que lo esperemos en la calle. Llega con un overol que tiene el nombre de la empresa donde labora. Es técnico electricista, y uno de los mejores del equipo. Pero su empleador no sabe ni un solo detalle de su pasado. Mejor así, dice.

-Ayer lo llamaron de la Oficina de Reintegración -le dijeron en su oficina anterior- ¿Usted es desmovilizado?

Mario no había dicho nada. La llamada lo descubrió y tuvo que decir la verdad: que sí, había sido guerrillero, había dejado las armas, pasado por el programa de Reintegración y entrenado en varias actividades laborales. Su jefe inmediato quiso apoyarlo. Pero el dueño lo despidió. Por eso, hoy se guarda más que nunca. Donde labora hay otros excombatientes como él. Se reconocen. Y callan.

" 'Lord Byron'. Diga que ese fue mi sobrenombre en la guerrilla", afirma Mario con una sonrisa. Nació en el norte de Boyacá, terminó su escuela y empezó a trabajar como profesor en una vereda. En esa época, las Farc pasaban por la escuela pidiendo apoyo o un lugar de protección. De a poco, esos favores se volvieron exigencia. "Era imposible decirles que no", dice. Mario terminó siendo parte del bloque oriental de las Farc, al tiempo que seguía su oficio en la escuela. "Mi vida parecía normal. Mi familia solo se dio cuenta cuando me vio con un arma". Se hizo líder entre la guerrilla gracias a su preparación. Pero, entrado ya el año 2000, percibió que el conflicto iba a ponerse más fuerte. Además, se encontró con una imagen que lo hizo tomar la decisión de irse:

-Vi que tenían a un niño secuestrado. Me imaginé a mi hijo. No pude con eso.

Desde ese momento, empezó a servirles a dos amos: a sus jefes en la guerrilla y al Ejército, a quienes les pasaba información. Vivía en el límite. Se lanzó a dejar las armas un día en que tenía una misión -enviar una remesa- y aprovechó para no volver. Llegó en flota a Bogotá.

Aquí se presentó ante las autoridades y fue enviado a un albergue con otras doscientas personas en iguales condiciones. Mientras empezaba su reintegración tuvo su primer trabajo: vendedor de minutos de celular en el portal del norte. El negocio lo manejaba otro desmovilizado, así que ahí no tuvo líos por su pasado. Se hacía unos 40.000 pesos diarios.

Pero Mario quería educarse y empezó su entrenamiento en electrónica. "Tenía clara la necesidad de estudiar", dice. En ese primer albergue, vivió cuatro meses y pasó su primer gran susto en Bogotá. Según cuenta, "llegaron unos infiltrados. Venían por varios, a matarnos. Cuando uno ha dejado las filas, se vuelve objetivo militar de la guerrilla".

Se salvó de esa y al poco tiempo pidió permiso para ir a Boyacá y traer a su familia, su esposa y sus dos hijos (hoy, tiene tres, de 15, 12 y 2 años). Ya con ellos, fue trasladado a un albergue más amplio. Después, gestionó con la Oficina de Reintegración un plan de vivienda y consiguió un lote en la ciudadela Santa Rosa, en el sur de Bogotá. Dejó la venta de minutos y entró a trabajar como técnico a la empresa de donde fue despedido.

Mario cuenta todo esto en voz baja, en la cafetería donde se toma una gaseosa.

-¿Cómo salió de la guerrilla?

-Uno sale como con odio. Estar encerrado allá daña a las personas.

-¿Y qué sintió al llegar a Bogotá?

-Lo primero: miedo.

Lo dice porque se dio cuenta de que iba a vivir con un estigma y con temor de hablar de su pasado. También, de que lo encuentren quienes, según él, lo buscan. "Vivo cambiando mis hábitos. No repito recorridos y sé a qué sitios no puedo ir". Pese a esto, ha logrado abrirse a un mundo que le gusta desde niño: la música. Dice que se le agudizó el oído y hoy toca la guitarra mejor que antes. Lo hace en una agrupación de música porteña creada entre amigos de barrio "que sí saben de mi historia y, en vez de discriminarme, les parece interesante". Sus hijos lo acompañan en esta afición. De los tres, solo el mayor conoce su vida.

Mario tiene 39 años. Su piel está quemada por el sol. Ya cumplió un año en ese empleo, en el que roza un millón de pesos al mes. Todavía no se acostumbra a ciertas cosas. Al principio, no dormía bien ("la mente estaba presa de todo lo que viví") y le hace falta el campo. Le estresa callar. Pero no se arrepiente de su decisión. "Estaba dando mi vida a cambio de nada". Quiere construir algo que valga la pena, así deba seguir siendo, para muchos, la mitad de lo que es. Y no pueda decir su verdadero nombre.

María Paulina Ortiz
Redacción EL TIEMPO

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