Por: CATALINA OQUENDO B. | 5:24 p.m. | 17 de Julio del 2012
Diego Felipe García, Aurora Vergara y Susana Lizcano.
Foto: Archivo particular- Montaje EL TIEMPOSi hay alguien que encarne las dificultades que enfrentan muchos colombianos para estudiar, y en especial los afrodescendientes, es Aurora Vergara. Nacida en Istmina (Chocó), donde la abundancia de oro y coca es inversamente proporcional a la pobreza de sus habitantes, logró que hoy en ese pueblo muchos quieran ser doctores. "De los de verdad", aclara ella.
"¿Doctorado? De eso nadie sabía, ¿estudiar fuera del país?, ¿cómo se le ocurre, cómo va a vivir allá? Eso es imposible, me decían", cuenta esta mujer de 25 años, Ph. D. en Sociología de la Universidad de Massachusetts.
Aurora es parte de los 200 beneficiarios de las becas Martin Luther King, que apoyan a jóvenes afrodescendientes con pocas posibilidades económicas para que estudien inglés y se capaciten en liderazgo y acompañamiento para buscar oportunidades en el exterior y hacer maestrías y doctorados.
Diego Felipe García es otro de los jóvenes que, como Aurora, rompió el paradigma de la educación afro. De Santander de Quilichao, está en segundo año de su Ph. D. en Ingeniería Electroóptica de la Universidad de Dayton, en Ohio.
"Si no hubiera sido por esta oportunidad, posiblemente estaría trabajando en un colegio, dando clases por contrato y ganando un poco más de un salario mínimo", dice Felipe, desde Estados Unidos, y cuenta con orgullo que de su familia él es el primero que habla otro idioma, el primero que ha salido del país y el primero que hace un doctorado.
El programa es impulsado por la Embajada de Estados Unidos, la Corporación Manos Visibles, de la exministra de Cultura Paula Marcela Moreno, y el Departamento de Estado de Estados Unidos.
"Es que aunque todos somos iguales, las oportunidades no son iguales para todos", dice también Susana Lizcano, otra de las becarias que hoy es Ph. D. en Ingeniería Bioambiental de la Universidad de Missouri.
En departamentos con población afrodescendiente, las tasas de analfabetismo pueden ser hasta seis veces más altas que el promedio nacional -así ocurre en Nariño- y hasta tres veces como en Sucre, Cesar y Chocó.
Es común que en estos lugares decirle 'doctor' a alguien no equivalga a un Ph. D., sino a cualquiera que ostente un cargo público o esté por encima del nivel de pobreza.
"En Santander de Quilichao, que tiene unos 90.000 habitantes, los Ph. D. son muy pocos, pero esto anima a que haya más. Lo otro es que la beca también rompe la barrera del inglés", dice.
El porcentaje de afrocolombianos con educación universitaria y posgrados es de 5,1; en los no afro es de 8,9, según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.
Aurora, Felipe y Susana son una excepción. La primera volvió para replicar lo aprendido en las comunidades, uno de los principios de las becas MLK. Hasta ahora ha trabajado en el desarrollo de la ley de víctimas y publicó un libro en Estados Unidos sobre la masacre de Bojayá, zona donde tiene proyectos por realizar.
Susana hace parte de un programa de Ingenieros sin Fronteras y trabaja en comunidades de Honduras que resultaron afectadas tras el huracán Mitch. Quiere hacer proyectos similares en Colombia.
Y Felipe espera volver para aplicar un método de estetoscopia fluorescente en tratamientos de aguas residuales, para mejorar la calidad del agua en el Pacífico y de esta manera reducir los índices de mortalidad infantil por el mal manejo del agua.
"Nosotros conocemos qué dificultades hay, hemos sufrido discriminación en el país, el abandono por el que han pasado nuestras comunidades", dice.
Un camino largo
Desde niña, Aurora lo intentó todo para estudiar y cumplir el sueño de escribir un libro sobre su departamento. Estuvo a punto de irse de monja, pues en estas zonas ser religioso se ve como una opción de acceso a la educación. Su madre ha trabajado siempre como aseadora en el juzgado municipal y se ayuda vendiendo empanadas.
"A mi mamá le dicen que levantó a sus hijos a punta de empanadas y alitas (de pollo)", dice, y cuenta que, aún hoy, la madre le pide el reporte con las calificaciones. "Todavía me pregunta cuánto saqué", se ríe.
Con el esfuerzo de la señora, hizo el bachillerato y se ganó una beca Andrés Bello, que le permitió ingresar a la Universidad del Valle.
Pero enfrentó el primer problema: el sostenimiento, una de las razones por las que más desertan los estudiantes universitarios. Con rifas, reunió 350.000 pesos pensando que le alcanzarían para meses, pero al primero ya se le había acabado el "platal" que creía tener.
En ese momento, estudiar se volvió una cuesta tan empinada como las calles de Cali por las que caminaba bajo el sol, buscando quién le prestara un computador para hacer un trabajo académico, y vivió en casa de amigas que le brindaron posada.
"Caminaba porque no había ni pa'l bus", cuenta. Recuerda que hubo "toda una convención familiar" para recoger 116.000 pesos que le permitieron seguir.
"La gente no se imagina lo que es salir a estudiar todos los días con el estómago vacío. Para hacerlo, aprendí a dividir un huevo entre cuatro personas", dice. En la Univalle, se vinculó a grupos de investigación y se consiguió un trabajo.
Fue entonces cuando obtuvo la beca Martin Luther King, mediante la cual le pagaron dos años de estudios de inglés en el Centro Colombo Americano y le indicaron cómo aspirar a becas en Estados Unidos.
Hablar otro idioma fue el empujón necesario para ir más allá de las fronteras que les plantearon a los niños de Istmina como ella. Consiguió, por su medios, una beca en la Universidad de Massachusetts, donde solo la matrícula cuesta 20.000 dólares, y los pagó enseñando a otros estudiantes latinos.
"Nunca en la vida había visto un dólar y me dieron 600. Pensando ahorrar todo para mandar a Istmina, durante la primera semana solo comí manzanas. Obviamente, me descompensé y me enfermé", dice.
Vinieron luego los tiempos gloriosos. La vincularon como investigadora a la universidad; su madre, que sigue trabajando en el juzgado, se volvió el orgullo del pueblo por tener una hija en el exterior, haciendo un posgrado; y Aurora empezó a ver más cerca la posibilidad de su libro.
Ahora, Aurora piensa en un posdoctorado. Los habitantes de Istmina tendrán que aprender esa nueva palabra. "Así como lo logró alguien como yo".
Catalina Oquendo B.
Cultura y Entretenimiento