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Juana Ruíz, la tejedora del perdón de la masacre de Manpuján

Por: SALLY PALOMINO C. | 2:52 p.m. | 20 de Mayo del 2013

Juana Ruíz, la tejedora del perdón de la masacre de Manpuján

Juana Ruíz.

Foto: ONG Manos Visibles

La violencia que vivió su pueblo despertó un lado que desconocía: el de ayudar a otros.

Juana Ruíz (39 años, Mampuján- Bolívar) siempre que habla, se ríe. Su dentadura es grande, blanca y brillante. Su pelo es ensortijado y tan negro como su piel. Juana es la sonrisa de Mampuján. “Pero de Mampuján, la nueva”, aclara ella. Y lo hace para explicar que del original municipio no quedó nada después de que los paramilitares pasaron por ahí y mataron y obligaron a los campesinos a salir del pueblo.

Juana es una sobreviviente. Una de las cientos que están logrando perdonar y dejar a un lado lo que pasó en marzo del 2000. “Ese día nos cambió la vida a algunos. A otros se les acabó”, dice.

El 11 de marzo de ese año, 150 hombres armados y con uniforme de las Autodefensas Unidas de Colombia (Auc) se tomaron el pueblo. Se ubicaron en la plaza principal y advirtieron a los habitantes que debían salir de ese lugar antes de la madrugada. Después de hacer el anuncio, masacraron a doce campesinos en la vereda Las Brisas. “Lo hicieron a machete, con palos, les cortaron la cabeza”, relata Juana, sin resentimiento. “Ya hay perdón. Ya estamos sanos. Solo queremos caminar y seguir adelante”, dice. Pero no fue fácil llegar a ese estado. Mucho menos lograr que a quienes les mataron en la cara a sus familiares o a quienes sacaron de sus casas a punta de terror, se les ocurriera pensar en el perdón. Y ese fue el reto de Juana. Lograrlo, la convirtió el líder.

Ella estudió nutrición. Se imaginaba trabajando en una clínica, vestida con una bata. “Y con tacones”, agrega. Pero ese día de marzo del 2000 sus planes cambiaron. “Yo no podía ser indiferente a ese dolor, no podía seguir con mi vida como si nada”, cuenta. Decidió entonces olvidar lo que quería ser y empezar a ser lo que sentía que los otros necesitaban de ella.

“El desplazamiento despertó conflictos internos. Vivir en un albergue después de lo que pasó no es fácil. Algunos hombres se volvieron violentos porque no encontraban qué hacer para sostener a sus familias. Era difícil”, asegura Juana. En medio del ambiente de incertidumbre y de temor, la comunidad, sobre todo las mujeres, guiadas por Teresa Geiser, una sicóloga estadounidense que llegó hasta allí para ayudar, empezaron con un proyecto que les cambió la vida.

Tejiendo fueron liberando su rencor, tejiendo fueron sanándose. Tejían dibujos que les recordaban lo que había pasado, pero también quiénes eran. Las 250 familias que llegaron al nuevo Mampuján (cuatro calles sin pavimentar) empezaron a olvidar y a creer que podían volver a ser los de antes.

La primera audiencia de Justicia y Paz que encaró a los perpetradores de ese capítulo negro en Mampuján con las víctimas, fue la prueba de fuego. Juana envió con su esposo, el también líder comunitario Alexánder Villareal, un par de biblias a los jefes paramilitares Edwar Cobos Téllez, alias ‘Juancho dique’ y a Uber Enrique Banquez, alias ‘Diego Vecino’.

“Algunos de la comunidad decían que no, que no podíamos perdonarlos, que no podíamos darles eso. Pero yo les decía que por el perdón empezaba la sanación”, recuerda. Finalmente aceptaron. Y las biblias llegaron a manos de ellos, que fueron los primeros jefes' paras' condenados bajo la Ley de Justicia y Paz.

“Yo no sé si cerré mi visión, si mi ambición se acabó, pero dejé de pensar en mi profesión y me concentré en proyectos que nos sirvieran a todos”, cuenta. Tal vez por eso decidió hacer parte de la creación de ‘Asvidas’, una organización comunitaria que promueve el desarrollo y la integración. Desde ahí, creó ‘Mujeres tejiendo sueños y sabores de paz’ que además de adelantar procesos para lograr reparación, justicia y reconciliación, busca generar proyectos que les den garantías económicas.

Hacen artesanías, cosen, tejen, cocinan. Tienen un lugar en donde procesan alimentos. “Butifarra y bollos, tipo exportación”, dice Juana, con orgullo. Y no está muy lejos de que eso suceda, de que lo que preparan pueda ser vendido en otros países. La Fundación Clinton ya estuvo de visita en el nuevo Mampuján conociendo los procesos. Ahora Juana y sus mujeres están a la espera de una respuesta. Si esa fundación decide ayudarlos, es seguro que los servicios que ellas ofrecen podrán ser mejor comercializados. “Ese sería un alivio, poder vender afuera, tener más recursos”, asegura.

Juana está lista para una maestría en desarrollo comunitario en la Universidad de Cartagena que logró gracias a una beca. “Quiero aprender más, para enseñar”, parece ser la sentencia de la mujer que se volvió líder después de la tragedia.

Sally Palomino C.

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