El carrito se llama 'Aromáticas el viejo Willy'. Es una moto con estufa a gas incorporada, que lleva una olla gigante cargada de una aromática de yerbas que huele delicioso y humea durante toda la madrugada. Antes de que amanezca, William Veloza, de 53 años, llega con su negocio -luces de neón y radio incluidos- al frente de una embajada donde decenas de personas hacen fila desde muy temprano. Lleva la olla tamaño XL de aromática, tres termos llenos de tinto, 'mecato' y cigarrillos. Así saca adelante a sus tres hijos. En el carrito uno también lleva varios CD de salsa, reggaetón o vallenato, y hasta una baraja española, que les presta a los que hacen fila para matar el tiempo. Combate el frío con dos sacos debajo de una bata blanca y un gorro de esos que sólo se ven en los inviernos rusos. "Sumercé, yo vendo aromática desde hace más de 25 años, pero no sólo trabajo en este sector, vengo acá por la temporada y porque todo el mundo se quiere ir de vacaciones a Europa. El resto del año voy a donde haya eventos. Donde vea filas sé que hay trabajo, ese es el cuento de la calle", cuenta. Su fuerte es pararse a las afueras de Corferias y, los fines de semana, llegar con su carrito a la Cárcel Modelo. "Es por las visitas de los sábados y los domingos. A veces esas filas son larguísimas y ahí hay trabajito". El producto estrella de William es la aromática -tiene papayuela, manzana, guayaba y todas las yerbas que usted pueda imaginarse, endulzadas con panela-. Vale 1.000 pesos. Después, sus clientes prefieren el tinto, el canelazo y las "chucherías", como les dice a los dulces, las galletas y las papas de paquete que también les ofrece a quienes hacen fila. También carga una silla Rimax aunque, aclara, ¿esa no se alquila, se presta¿. Es que para 'Willy' no todo es vender. ¿Hay personas de 60 o 70 años que vienen a hacer fila, y yo se las presto pa' que se sienten. Sin interés, pero después eso me puede representar una ventica: una aromática, un tinto". El negocio es difícil, confiesa. "Me gano un poquitico más del salario mínimo, porque aunque la gente no lo crea, todos los ingredientes de lo que vendo son caros. Ahora con el invierno, el manojito de yerbas para la aromática que compraba en 500 pesos me lo venden a 3 mil o 4 mil pesos", dice. Aunque duró 15 años pedaleando, ahora su negocio tiene motor. Sale de noche, atraviesa la ciudad, corre riesgos. "Pero ha valido la pena. Mire -dice-, son las 6:30 de la mañana y la olla de aromática ya casi está vacía".
En su tarjeta de presentación dice: "facilitador logístico de servicios". Puede sonar extraño, pero no lo es tanto. A sus 33 años, Johan Barragán tiene que ir de fila en fila para hacer las vueltas de sus clientes. Su empresa se llama DIPER (Diligencias Personales) y aunque todavía no está registrada en la Cámara de Comercio, como van las cosas, no falta mucho para eso. Johan hace todo lo que uno no puede por falta de tiempo, por estar carcomido por la pereza o por olvidadizo: paga servicios públicos (a tiempo y vencidos), hace consignaciones, levanta hipotecas, va a notarías y oficinas de registro de instrumentos públicos, hace trámites de traspasos de carros, recoge documentos y libros. Cuando la diligencia no se demora más de una hora, cobra 10 mil pesos. Si le implica un buen gasto de tiempo, pueden ser 20 mil o 30 mil pesos. A esas tarifas llegó después de hacer una juiciosa investigación de mercado. "¿Que si vivo de la fila? Sí, es que precisamente mi objetivo es ese, contribuir para que el cliente se evite esas filas y pierda tanto tiempo, que se ahorre toda esa tramitología". Tanto sabe Johan del tema, que ya se ha pillado las estrategias de mucha gente para ahorrarse minutos que valen oro. "Ahora la gente se aprovecha de que a los de la tercera edad y a las mujeres con bebés los pasan rápido. Uno ve personas que se llevan a los abuelitos para que no les toque hacer fila. Hay lugares donde a veces me desespero porque llegan y llegan viejitos y solo los atienden a ellos y me toca esperar hasta dos horas por eso. Da rabia pero toca armarse de paciencia". Johan, además, sabe que aunque las filas hayan cambiado, siguen siendo las mismas. Mejor dicho: no dejan de serlo por más de que pongan sillas y se inventen un sistema de turnos electrónicos. El tiempo invertido en hacer la vuelta es el mismo, dice. Las peores filas de su vida las ha hecho en la Oficina de Registro de Instrumentos Públicos, en la Secretaría de Hacienda Distrital y en los CADES a los que tiene que ir cuando sus clientes dejan vencer los servicios públicos. Es decir, muy frecuentemente. En los bancos, contrario a lo que la gente piensa, la cosa no es tan complicada. "Un promedio de 20 minutos", indica. Lo máximo son 45 y cuando se demora más de una hora es porque algo extraordinario sucede. Johan no anda en moto, sino en bus, pero cuando le piden algo que está muy lejos llama a algún amigo motorizado para que le ayude. El sueño de este "facilitador logístico de servicios" es llegar a emplear a otras personas para que también se dediquen a hacer diligencias. Dos o tres jóvenes que hagan unas 20 vueltas al día. Es decir, que cada uno haga casi unas 20 filas.
Don Diego Espitia tiene 70 años y todas las madrugadas se para afuera de un consulado a afinar su guitarra y entonar canciones típicas colombianas. "Los guaduales", "Soy colombiano", "Cenizas al viento", canta la que le pidan. No le apena reconocer que acaba de terminar el bachillerato, con mucho esfuerzo, y que es un músico empírico. Nunca nadie le enseñó a leer notas o componer melodías. Cuenta que fue oyendo radio y yendo a las cantinas que se aprendió los tonos. "Madrugo todos los días porque no hay más trabajo", dice con una risa triste. Llegó de Pereira hace casi seis meses. En su tierra se dedicaba al campo, "a echar azadón, recoger café, lo que saliera". Pero siempre con su guitarra al lado. En 'la nevera' trató de conseguir trabajo, pero tenía dos grandes impedimentos: la edad y la falta de experiencia. Por eso se puso a cantarles a los que hacen fila para viajar a otros continentes. "Algunos me aplauden, otros me dicen que me vaya con mi música para otra parte. Como esa gente se va de viaje toca cantarle música colombiana, para que cuando estén por allá se acuerden de su patria". Don Diego llega a las 5 ó 5:30 de la mañana al consulado y pasadas las 6 debe irse. Si la gente no estuvo muy generosa, cosa frecuente, camina hacia algún semáforo cercano y ahí se queda un buen rato. Por lo general, no consigue más que lo del diario: 15 mil o 20 mil pesos; si la cosa está grave, 8 mil pesos. Lo bueno es que vive en la casa de unos familiares. Cara bonachona, pocos dientes, dice que sueña con "estudiar música en serio". Hasta hace poco tuvo un compañero de Pereira con el que hacía dueto frente a los que esperan por una visa, pero volvió a quedarse solo porque el otro músico no soportó el frío. Sólo una vez le pusieron problema. "La Policía me dijo que me fuera, que estaba molestando mucho, pero la misma gente que hacía la fila me defendió y pidió que dejaran cantar al viejo, porque les alegraba el trasnocho y la madrugadera".
No termino de bajarme del taxi, y ya tengo encima a dos personas que se ofrecen para "ayudar en todos los trámites que necesite". Estoy en el SIM de Álamos, en el occidente de Bogotá. Es sábado y es temprano. Me dijeron que así me irá mejor porque las filas son bien largas entre semana, y es verdad, no hay mucha gente, pero no me advirtieron que igual me tocaría lidiar con los tramitadores. Estos lugares (oficialmente conocidos como Puntos de Atención de Servicios Integrales para la Movilidad) ofrecen una larga y variada lista de servicios para los que van motorizados: blindaje de carros, cambio de color o de placas, expedición y refrendación de licencias de conducción, inscripción o levantamiento de prendas, traspaso... Todos, menos el pago de comparendos, la inscripción en el Registro Único Nacional de Tránsito (RUNT) y la tan mentada chatarrización de vehículos de servicio público. Tuve suerte porque di con un tramitador muy amable, que no cobra lo que se le antoja sino que recibe lo que voluntariamente el cliente quiera darle. Vive de eso: de informar a las personas que hacen fila, adentro o afuera del SIM, y de "ayudar para que terminen rapidito sus vueltas". Ramiro es caleño, vive desde hace cinco años en Bogotá y aunque no le gusta revelar su edad, por las canas y algunas arrugas en la cara se intuye que tiene más de 40. Se gana 1.000, 2.000 ó 5.000 pesos por echar el rollo completo con los requisitos para sacar el pase o por guardar un puesto. A veces le pagan con una arepa y un tinto. En un día normal se hace 20.000 pesos y en uno cargado de suerte, puede volver a la habitación donde vive con hasta 100.000 pesos. "Hay días muy malos y otros muy buenos, por eso toca guerrearla siempre", dice. Lo acompañan casi 25 'colegas'. Unos toman improntas, otros venden formularios o hacen pagos de derechos, algunos ayudan a liquidar impuestos. Él sabe que en otras partes le podría ir mejor (hay embajadas donde tramitadores inescrupulosos cobran entre 200.000 y 400.000 pesos por la ficha del primer lugar), pero en este SIM ya lo conocen e incluso tiene sus clientes fieles. Ramiro me deja sola unos minutos, yo me hago la desorientada, y ahí mismo me cae una señora gorda, de gafas y chaqueta azul desgastada. "El examen médico para el pase le vale 50.000 pesos, mona". Menos mal ya sabía que valía menos.