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Editorial: La tragedia siria

Por: REDACCIÓN ELTIEMPO.COM | 8:08 p.m. | 09 de Febrero del 2012

Siria ha caído en el peor de los escenarios.

Hace casi un año, miles de sirios salieron a las calles a pedir apertura democrática dentro de la llamada Primavera Árabe, que ha tumbado hasta ahora a tres dictadores en la región.

    Hoy, este país gobernado hace casi 40 años por los Al Asad (primero Hafez, luego Bashar) ha caído en el peor de los escenarios: el de una guerra civil, en la que el ejército machaca sin piedad a la población, que resiste con fusiles los ataques de los tanques. Todo esto ante una comunidad internacional impotente, que no tiene cómo parar la sangría.

    En los últimos seis días se han presentado bombardeos sucesivos contra Homs, una ciudad cuyos civiles han salido masivamente a las calles a protestar contra el régimen, y donde los militantes de la oposición revelan los más aberrantes casos que marcan un doloroso precedente contra los más elementales derechos humanos. De comprobarse la muerte de los 18 bebés prematuros cuyas incubadoras dejaron de funcionar porque el bombardeo cortó el fluido eléctrico en el hospital de Al Walid, se estaría escribiendo uno de los capítulos más macabros de la historia universal de la infamia.

    En los once meses del levantamiento civil, los cálculos sitúan la cifra de muertos en 7.000 y solo en Homs, en 2.000. Desde el sábado, cuando arrancó la ofensiva, y hasta ayer, habían muerto casi 500 personas en esta ciudad.

    El fracaso por el veto de Rusia y China de la más reciente resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que pedía a Al Asad alejarse del poder para detener la matanza, puso en evidencia las divergencias dentro de la comunidad internacional sobre qué hacer frente a la tragedia.

    A lo anterior se añaden tanto la creciente magnitud de la crisis humanitaria como la importancia que tiene uno de los países claves de Oriente Próximo.

    Siria es hoy una potencia militar y en sus manos reposarían las claves de lo que podría pasar en Irán, Líbano y los territorios palestinos, que podrían hacer explotar toda la región: por ejemplo, Irán, acosado por las sanciones internacionales por su programa nuclear, que Occidente no cree que sea pacífico; Líbano, en el que Siria ejerce histórica influencia a través de muchos frentes, incluido el movimiento Hezbolá, y los territorios palestinos, por la cercanía del movimiento Hamas con Damasco.

    El gobierno de Al Asad ve lo que sucede en su país de una forma diferente. Para el régimen, su ejército está enfrentando una amenaza terrorista con apoyo extranjero, que ataca indiscriminadamente a la población civil. No admite que en las calles haya un estado de crispación revolucionaria y se acoge a la tesis rusa de que, por ser un conflicto interno, no debe haber injerencia de otros países.

    Entre tanto, naciones como Estados Unidos y Francia presionan a Moscú para que dé un cuidadoso viraje, dados sus intereses en Siria, y el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se lamenta y asegura que el silencio del Consejo anima al régimen a intensificar "la guerra sobre su propio pueblo".

    Occidente y los países de la Liga Árabe han retirado a sus embajadores y sometido a Damasco a un casi total aislamiento diplomático, mientras se evalúa la posibilidad de reenviar la controvertida misión de observadores, suspendida, entre otras razones, por el acoso del conflicto.

    Por su parte, el canciller ruso, Serguéi Lavrov, fue recibido el martes como héroe en la capital siria y escuchó la promesa de Al Asad de que parará la violencia "venga de donde venga". Ayer, de momento, no se cumplió. Los bombardeos mataron al menos a 80 personas en Homs. Mientras tanto, el terror sigue.

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