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París ha sido una fiesta desde la llegada de Ingrid

"Sueño desde hace 7 años con este momento. Volver a respirar Francia", dijo Ingrid apenas se bajó del avión.

En su bienvenida no faltaron los lujos del Palacio del Eliseo ni las multitudes que la recibieron tirándole rosas y cartas.

Luz Rivera, una joven de Cartago (Valle), llegó al frente del Palacio del Eliseo horas antes de que llegara Ingrid cuando nadie estaba aun detrás de las barreras que la presidencia había puesto para contener a los parisinos que fueron a darle la bienvenida. Sanduches y agua en la maleta, una bandera de Colombia de más de un metro de alto y su niña María de 4 años fueron su pasaporte durante esas primeras horas para que ningún policía le negara el derecho a estar ahí.  El ambiente en la calle Saint Honoré, que lleva al palacio presidencial, era de evidente espera.

El hombre del kiosco de revistas todavía tenía guardados los periódicos del día anterior, porque se vendían mejor: tenían la foto de la liberación y a cada persona que se acercaba la despechaba en un dos por tres: "Discúlpeme pero estoy pendiente de que llegue Ingrid", decía.  

Para las tres de la tarde una fila de cerca de una cuadra de invitados esperaba su turno para entrar al Palacio del Eliseo mientras Luz preguntaba con impaciencia a cada uno de los policías a dónde había que inscribirse o con quién tocaba hablar para poder entrar ella también. "Después de 7 años de estar viviendo en Francia es la primera vez que siento a Colombia tan cerca", decía a todos los periodistas que la entrevistaban. "Lloré viendo el discurso de liberación de Ingrid. Es una alegría inmensa y por eso estoy aquí", no dejaba de repetir.

Las imágenes dentro del palacio eran de película, hombres vestidos de frack con la medalla presidencial recibían a los invitados entre los que se encontraban cientos de ciudadanos anónimos que habían trabajado desde los comités de apoyo por la libertad de los secuestrados. Todos iban llegando como habían podido de cualquier rincón de Francia en la que habían puesto una plaza, una estatua o habían hecho una marcha por la libertad de Ingrid Betancourt.  Un salón lleno de lámparas de cristal y cuadros de varios metros de alto atendían a los invitados con un pódium vacio y 4 pantallas en cada esquina.

La espera frente a las pantallas vacías terminó. Ingrid se bajó del avión y empezó la transmision.  "Sueño desde hace 7 años con este momento. Volver a respirar el aire de Francia", dijo en sus primeras palabras. El auditorio estalló en aplausos. Luego del discurso de Ingrid, la multitud la veía como tomaba el carro que la llevaría al salón mientras Carla Bruni la abrazaba por la cadera. Ya estaba cerca.

Muchos aprovecharon el momento para tomarse la foto en el Eliseo del día de la liberación. Y por eso la llegada rápida de Ingrid cogió a más de uno fuera de base. El trayecto normalmente habría tomado el doble de tiempo. "Cuando eres Nicolás Sarkozy, nada es lejos. Va a entrar en 5 minutos", decía Ludovic Nicolas, uno de los miembros del Comité que había pasado años trabajando en las calles de París recogiendo con su hija Shanah firmas para pedir su liberación sin haberla jamás conocido.

"Ingrid! Ingrid!" gritaba el gabinete de Sarkozy, los artistas y los diputados cuando creyeron que entraba. Falsa alarma. No era ella. "Es que este era el ensayo", decía alguno.  Cuando entró por fin Ingrid con su familia fue "la locura total", como dijo Melanie,  la hija de Ingrid,  por su celular a los periodistas cuando intentaba explicarles un momento que no alcanzaba a describir del todo con palabras.

No fueron muchos ni largos los discursos. No hubo himnos ni actos solemnes, pero en los 20 minutos que Ingrid habló comprometió a los franceses de sus comités de apoyo a no abandonar la movilización por la libertad de los secuestrados y a Nicolás Sarkozy de crear unas "becas de la esperanza" para que quienes estuvieron secuestrados puedan hacer sus estudios en Francia."Los necesito todavía", le dijo al auditorio lleno. 

"Durante mucho tiempo les hablé a mis compañeros de Francia para darles sueños.  Intenté ser su profesora de francés pero tengo que confesar que fui muy mala. Lo único que sé es que cuando vino Luis Heladio Pérez a París les cantó la Marsellesa", les contó Ingrid mientras su sobrino Stanislas,  que no pasa de los 10 años, sostenía en alto la foto de Pablo Emilio Moncayo.

Cuando Ingrid reconoció a Adair Lamprea, su compañero en la campaña presidencial que tuvo que refugiarse en Francia por las amenazas posteriores al secuestro que vivió durante unos días con ella,  se bajó de la tarima en la mitad del discurso para abrazarlo. "La última vez que lo vi hablaba español", decía riéndose.  Ahí pudo por fin entrar Adriana al Palacio: justo en el final del discurso. "Mi esposo nunca me lo va a creer. Por favor alguien tómeme una foto", decía emocionada mientras contaba que la guardia la había dejado entrar cuando les dijo: "No les voy a decir mentiras, no estoy invitada, pero soy colombiana y quiero ver a Ingrid".

Los discursos se terminaron y el banquete empezó. Las botellas de champaña empezaron a sonar y el salón se llenó de meseros vestidos de blanco, mientras en una larga mesa llena de adornos de camarones, quesos y chocolates. Adriana, como pudo, se guardó dos palillos para recordar ese día que liberaron a Ingrid, el mismo en el que comió en las mismas mesas que el presidente de Francia. 

Un día antes había estado montada en una de las estatuas de la plaza del Hotel de Ville, la plaza de Bolívar parisina y empezó a cantar el himno de Colombia cuando el alcalde de París celebraba la noticia de la liberación. Y allá estuvo otra vez ese mismo viernes a las 9 de la noche cuando la misma Ingrid quitó su foto de la fachada de la Alcaldía de París.

El lugar estaba lleno de periodistas y de gente que llevaba horas esperando escuchar a Ingrid. "Tuve en mi cautiverio muchos pensamientos necios. Tuve miedo de morir y ser enterrada en una fosa común. Y durante todo ese tiempo soñé que cuando estuviera libre viviría en Colombia pero que me gustaría morir en París. Mi deseo es que me entierren aquí", les dijo a las cientos de personas que se apretujaban frente a las barras tirándole rosas, camisetas y cartas. 

  El alcalde de París, Bertrand Dellanoe, que había ya prometido darle todo lo que necesitara, no dudo en responder.  "De eso si no podré encargarme, porque será muchos anos después de mí".

CRISTINA CASTRO

Código de Acceso: Proyecto de comunicación para jóvenes de la Dirección de Responsabilidad Social de El Tiempo y las fundaciones Rafael Pombo y Plan

 

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